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- PAPELERAS: PARA APRENDER DE LA HISTORIA
- Por Araceli Bellotta
- "Ni por asomo", fue la respuesta
de José Gervasio de Artigas cuando en 1813 sus partidarios
le sugirieron la separación de la Banda Oriental del resto
de las Provincias del Río del Plata. Estaba enfrentado
con las autoridades porteñas. Como la mayoría de
los caudillos provinciales compartía los ideales de la
Independencia, pero igual que ellos sufria el centralismo de
Buenos Aires que, desde 1810, reproducía el mismo esquema
español del que se quería liberar.
"El pueblo de Buenos Aires es y será siempre nuestro
hermano, pero nunca su gobierno actual", dijo entonces Artigas
comprendiendo que las divisiones que se planteaban respondían
más a los intereses foráneos que a los propios.
Porque fue Inglaterra quien desde el comienzo de la Revolución
puso el cuño para que la Banda Oriental se despegara del
resto de las provincias y conformara un Estado Independiente.
Inglaterra necesitaba que se internacionalizaran las aguas fronterizas
y triunfó en su objetivo. Luego de la Guerra contra el
Brasil en la que Argentina triunfó con las armas, logró
que se perdiera ese territorio en la mesa de negociación.
El 4 de octubre de 1828, Brasil y la Argentina le concedieron
la Independencia al Uruguay, y entre los puntos del acuerdo expresaron:
"ambas altas partes contratantes se comprometen a emplear
los medios que estén a su alcance a fin de que la navegación
del Río de la Plata y de todos los otros que desaguan
en él se conserve libre para el uso de los súbditos
de una y otra nación por el tiempo de quince años".
A 178 años de aquellos acontecimientos aquí estamos
otra vez, discutiendo sobre un río en común y otra
vez estamos a punto de repetir el error de confiar en extraños
la solución que deberíamos encontrar nosotros.
Porque ¿cómo no recordar una hermandad sellada
en los campos de batalla donde se mezcló sangre oriental,
entrerriana, santafecina, porteña, con el único
objetivo de defender el territorio del dominio extranjero? Mucho
antes de la revolución, en 1806, desde Montevideo partieron
las fuerzas que echaron de Buenos Aires al invasor inglés.
Si hasta el general José de San Martín desobedeció
al gobierno de Buenos Aires, cuando en 1819 se le ordenó
bajar con sus tropas para enfrentar a la Liga Federal, en la
que entrerrianos, santafecinos y orientales bregaban por un país
con igualdad entre sus provincias. La mirada de San Martín
sobrevoló los conflictos internos porque tenía
un anhelo mayor que era la liberación de la América
toda.
Y terminada la guerra por la Independencia, ¿no se mezclaron
blancos y colorados con federales y unitarios defendiendo cada
uno lo que consideraba el mejor modelo para sus respectivos países?
Si cuesta encontrar diferencias entre los hombres del pasado
como Artigas, Dorrego, Güemes, Lavalleja, mucho más
cuesta establecerlas hoy entre entrerrianos y uruguayos que sin
dudas rechazan por igual la contaminación y las consecuencias
para la salud de las personas de emprendimientos no controlados.
¿O vamos a suponer que a los uruguayos no les importa
que se agote el mismo recurso natural que compartimos? ¿De
verdad podemos creer que no les interesa que sus hijos se enfermen?
Porque si las papeleras contaminan, caerán argentinos
y uruguayos sin ninguna distinción, igual que en el pasado
dejaron juntos sus vidas en los campos de batalla.
Hasta 1828 fuimos una sola nación. Cometimos el error
de dejar entrar al extranjero en nuestras cuestiones y el extranjero
llevó agua para su molino. En la Guerra del Brasil, propiciada
por Gran Bretaña, hubo dos grandes perdedores y no justamente
el que había sido derrotado con las armas. Perdió
la Argentina una de sus provincias dilectas. Perdió el
Uruguay que desde entonces se vio separado de su nación
original. Aprendamos de la historia y no dejemos que hoy sea
otra vez el extranjero quien dirima este conflicto.
Sarmiento, en 1851, seguía lamentando esta pérdida
y clamaba en su "Argirópolis" por la conformación
de los Estados Unidos de la América del Sur, en los que
Argentina y el Uruguay compartieran la Isla Martín García
como capital común, en medio del gran Río de la
Plata que también nos une.
Pasaron muchos años desde entonces. Los gobiernos de ambos
países tomaron diferentes cursos en sus relaciones diplomáticas.
Sin embargo, ambos pueblos profundizaron su hermandad. Fueron
refugio uno con el otro para amparar al perseguido, juntos lloraron
a sus muertos y juntos aún hoy buscan a sus desaparecidos.
No dejemos que sean otros los que resuelvan nuestros problemas.
Sentémonos a negociar, discutamos los distintos puntos
de vista, pongamos sobre la mesa los intereses de cada uno, pero
rescatando desde la historia el sabio pensamiento de Artigas,
el General de la Independencia en común: "ni por
asomo la separación".
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- ESTOY DE ACUERDO, SEÑOR PRESIDENTE
- Por Araceli Bellotta
- Coincido con usted, señor Presidente.
Me doy pena, y me dan pena mis compañeros periodistas.
Y antes de que lo tome a mal, con todo respeto, quiero aclararle
que lejos estoy de una actitud corporativa.
Porque acuerdo también con usted en que el gremio al que
pertenezco tiene gran responsabilidad en las recientes crisis
institucionales que vivió la Argentina, y entre ellas
se incluye la contribución realizada para que usted llegara
a la Casa de Gobierno.
Usted ha dado en el corazón de un debate que los periodistas
argentinos sostenemos desde hace mucho tiempo, tanto que hay
que remontarse hasta Mariano Moreno, o tal vez antes, hasta Hipólito
Vieytes y Manuel Belgrano. Y le estoy hablando de cuando la Patria
no era Nación. Mire, es tan compleja la cosa, que en aquellos
años se usaba la palabra "imprenta" como sinónimo
de "prensa". Por eso, casi nunca se reglamentó
nuestra libertad, a lo sumo pudieron limitar la de los dueños,
a quienes iban dirigidas las disposiciones sobre la "libertad
de imprenta". A los propietarios de los medios les tocaba
disciplinar a sus publicistas, como nos llamaban en esas épocas.
Y los publicistas se las rebuscaban como podían, y cuando
no lo lograban, partían al exilio.
Yo le aseguro, señor Presidente, que no es fácil
la tarea del periodista, sobre todo la de aquel que intenta ejercer
el oficio con dignidad y con honestidad intelectual, como usted
con razón exige. Porque es cierto lo que usted dice, muchas
veces no se puede expresar todo lo que se piensa. El dueño
del diario tiene una línea editorial que hay que respetar
y no siempre coincide con las ideas personales. Usted lo sabe,
porque en los medios que administra el Estado ocurre lo mismo.
Por eso, si bien no conseguimos publicar todo lo que queremos,
muchos de nosotros nos reportamos felices si, por lo menos, no
tenemos que escribir lo que no queremos.
Esta es la vida de los escribas, señor Presidente. A veces
se me da por pensar cómo se les habrá estrujado
el corazón a los periodistas peronistas que, luego de
la Libertadora, estaban obligados a tipiar "tirano prófugo",
en lugar de Presidente Perón. Y si no lo hacían,
los echaban del trabajo y además iban presos por no acatar
el decreto 4.161.
En esa misma línea, no puedo dejar de imaginar qué
habrán sentido los periodistas gorilas que, durante los
dos primeros gobiernos peronistas, tampoco podían escribir
lo que pensaban. Por suerte, el tiempo le permitió al
General darse cuenta y cuando regresó en el ´73
dijo, entre otras cosas: "Cuando tuvimos todos los medios,
nos voltearon, ahora no vamos a cometer el mismo error".
Y mejor paro acá, para no seguir con la dictadura del
´76, porque todos sabemos lo que hemos sufrido.
Los periodistas, señor Presidente, no somos malos ni perversos,
somos trabajadores, tironeados por la línea editorial
del medio y, en este último tiempo, también por
los funcionarios que torturan nuestros celulares para retarnos
por lo que escribimos, y hay algo peor, a veces llaman a nuestros
"patrones" que, igual que los de antaño, nos
disciplinan con consecuencias similares.
Me doy pena, señor Presidente y me dan pena mis compañeros
periodistas. Solo por eso me atrevo a rogarle que indique a sus
colaboradores que demuestren con hechos los éxitos permanentes
que nos llevan a ese país que nos merecemos y que usted
tan bien invoca. Si lo hacen, nosotros no tendremos más
remedio que escribir lo que veamos, y cuando nos esforcemos por
investigar, como usted con toda razón nos manda, encontraremos
realidades además de discursos, esas que el General decía
que eran la única verdad y que tenían que ver con
una vida más digna para el pueblo. Con cariño lo
digo y, por supuesto, con el respeto que su investidura merece.
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- MENSAJE DEL GENERAL PERÓN A LOS
ARGENTINOS DEL AÑO 2000
- Por Araceli Bellotta
- El 12 de agosto de 1948, cuando se conmemoró
el 142 aniversario de la Reconquista de Buenos Aires durante
las Invasiones Inglesas de 1806, el entonces presidente de la
República, general Juan Domingo Perón, enterró
en la Plaza de Mayo, detrás del monumento al general Manuel
Belgrano, un mensaje dirigido a los jóvenes del año
2000, con la consigna que debía ser leído cuando
se cumpliera el Bicentenario de la Reconquista, es decir, el
12 de agosto de 2006.
Hacía apenas cinco meses que el gobierno de Perón
había comprado los ferrocarriles hasta entonces en manos
de capitales británicos, y tomó el aniversario
de la Reconquista como un símbolo y paralelo de la "reconquista
económica" que se iniciaba con esta recuperación.
Los actos de 1948 consistieron en un Tedeum, celebrado en la
basílica Nuestra Señora del Rosario, anexa al Convento
de Santo Domingo en cuyos muros aún perduran las señales
del ataque inglés, al que asistió Perón,
junto a su vicepresidente, Hortensio Quijano, los ministros del
gabinete y las autoridades militares. Mientras tanto, en la Plaza
de Mayo, se formaron los alumnos de las escuelas de la Capital
Federal y los del interior fueron ubicados en los balcones de
los edificios oficiales adyacentes.
Esperaban la "Marcha de la Reconquista", una columna
integrada por estudiantes y una banda militar que durante la
mañana había partido desde el parque "Los
Andes", transportando un cofre traído desde El Tigre.
Al llegar a la Plaza de Mayo, el acto comenzó con el
izamiento de una bandera blanca, que simbolizaba la rendición
de los ingleses; otra española, en representación
de quienes triunfaron durante las invasiones inglesas, y en el
centro se elevó la bandera nacional.
Luego, Perón colocó su mensaje dentro de un tubo
de metal que depositó en el cofre y lo hizo descender,
mediante un aparejo de cañas unidas con cintas celestes
y blancas, hacia el fondo de un depósito abierto en la
vereda que fue cerrado herméticamente.
No se hizo público entonces el contenido y el cofre permaneció
en aquel lugar, hasta que la autodenominada Revolución
Libertadora que derrocó a Perón en 1955, lo desenterró
y lo hizo desaparecer.
Pero en agosto de 1968, cuando Perón publicó "La
Hora de los Pueblos" durante su exilio en Madrid, incluyó
su mensaje "que solamente la infamia desaprensiva de los
gorilas pudo haber violado, destruyéndolo sin darlo a
conocer a sus destinatarios que un día tendrán
derecho a reclamarlo".
Desde entonces, el mensaje permaneció en el olvido, hasta
que, en 1994, el programa "Siglo 20 Cambalache" que
se emitía por Telef., lo resucitó y reprodujo las
imágenes de el acto de 1948, registrado por el noticiero
"Sucesos Argentinos", y seis años más
tarde, la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires colocó
una placa en la Plaza de Mayo y, supuestamente, depositó
debajo una copia de las palabras de Perón para que sean
leídas en la fecha que había indicado su autor:
el 12 de agosto de 2006.
Sin embargo, llegó el día, levantaron la placa
y no encontraron nada, como si el mensaje estuviera condenado
a no ser leído por sus destinatarios.
El diario La Nación, en su versión on line, hizo
mención a estas palabras de Perón calificándolas
de "pesimistas", sin tener en cuenta el momento histórico
en que fueron escritas, a pocos años de finalizada la
Segunda Guerra Mundial, y sin considerar el contexto en que se
formó Perón, nacido a fines del siglo XIX, cuando
se confiaba que el avance de la ciencia y de la técnica
contribuiría a la felicidad humana. A mediados del siglo
XX, cuando Perón escribió su mensaje, estaba claro
que nada de eso había sucedido.
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- Transcripción del mensaje:
"Jóvenes argentinos: La juventud argentina del año
2000 querrá volver sus ojos hacia el pasado y exigir a
la historia una rendición de cuentas encaminadas a enjuiciar
el uso que los gobernantes de todos los tiempos han hecho del
sagrado depósito que en sus manos fueron poniendo las
generaciones precedentes y también si sus actos y sus
doctrinas fueron suficientes para llevar el bienestar a sus pueblos
y para considerar la paz entre las naciones.
Por desgracia para nosotros, ese balance no nos ha sido nada
favorable. Anticipémonos a él para que conste el
menos nuestra buena fe y confesemos lealmente que ni los rectores
de los pueblos ni las masas regidas, han sabido lograr el camino
de la felicidad individual y colectiva.
En el transcurso de los siglos, hemos progresado de manera gigantesca
en el orden material y científico y si cada día
se avanza en la limitación del dolor, es solamente en
su aspecto físico, porque en el moral el camino recorrido
ha sido pequeño.
El egoísmo ha regido muchas veces los actos de gobierno
y no es el amor al prójimo, ni siquiera la comprensión
o la tolerancia, lo que mueve las determinaciones humanas.
Esa acusación resulta aplicable tanto a los pueblos como
a los individuos. Cierto de que en uno y en otros se dan ejemplos
de altruismo, pero como hechos aislados de poca o ninguna influencia
en la marcha de la humanidad. Es cierto que en ocasiones parece
que se ha dado un gran impulso a favor de los nobles ideales
y de las causas justas, pero la realidad nos llama a sí
y nos hace ver que todo era una ilusión. Apenas terminada
una guerra, ponemos nuestra esperanza en que ha de ser la última,
porque las diferencias entre las naciones se han de resolver
por las vías del derecho aplicado por los organismos internacionales.
Pocos años bastan para demostrarnos con un conflicto bélico
de mayores proporciones el tremendo error en que habíamos
caído. Hasta el aspecto caballeresco de las batallas se
ha perdido y hoy vemos con el corazón empedernido cómo
al cabo de veinte siglos de civilización cristiana caen
en la lucha niños, mujeres y ancianos.
Apenas un conflicto social ha sido resuelto, vemos asomar otro
de más grandes proporciones, no siempre solucionado por
las vías de la inteligencia y de la armonía, sino
por la coacción estatal o de las propias partes contendientes
más fuertes, no el de mejor derecho.
Frente a esta lamentable realidad: ¿de qué han
servido las doctrinas políticas, las teorías económicas
y las lucubraciones sociales? Ni las democracias ni las tiranías,
ni los empirismos antiguos ni los conceptos modernos han sido
suficientes para aquietar las pasiones o para coordinar los anhelos.
La libertad misma queda limitada a una hermosa palabra de muy
escaso contenido, pues cada cual la entiende y la aplica en su
propio beneficio. El capitalismo se vale de ella no para elevar
la condición de los trabajadores procurando su bienestar
sino para deprimirles y explotarles. Los poseedores de la riqueza
no quieren compartirla con los desposeídos sino aceptarla
y monopolizarla. E inversamente, los falsos apóstoles
del proletariado, quieren la libertad más para usarla
como un arma en la lucha de clase que para obtener lo que sus
reivindicaciones tengan de justas.
No ha empezado a alborar el liberalismo económico cuando
para impedir sus abusos tiene el Estado que iniciar una intervención
cada día más intensa a fin de evitar el daño
entre las partes y el daño a la colectividad. Pero tampoco
su intervencionismo constituye remedio eficaz porque o es partidista
o trata de anular las libertades individuales y con ellas a la
propia persona humana.
El mundo ha fracasado. Mas este fracaso, ¿será
tan absoluto que no deje un mínimo de resquicio a la esperanza?
Posiblemente podamos mantener el optimismo con la ilusión
de que el avance de la humanidad hacia su bienestar es tan lento
que no lo percibimos, pero de cada evolución queda una
partícula aprovechable para el mejor desarrollo de la
humanidad. El avance es invisible y está oculto por sus
propios vicios a que antes he aludido, pero no por eso deja de
existir.
Se haría más perceptible si cada uno de nosotros
se despojase de algo propio en beneficio de sus semejantes, si
tratase de dirimir las disputas con la razón y no con
la violencia. Dentro de mis posibilidades así he procurado
hacerlo y en este sentido he orientado mi labor de gobernante.
Válgame por lo menos la intención y sea ella la
que juzguen y valores mis críticos del porvenir.
La humanidad debe comprender que hay que formar una juventud
inspirada en otros sentimientos que sea capaz de realizar lo
que nosotros no hemos sido capaces. Esa es la verdad, es la amarga
verdad que la humanidad ha vivido y es también la verdad
más grande que en estos tiempos debemos sustentar sin
egoísmos, porque éstos no han conducido más
que a desastres.
En nuestra querida Argentina el panorama descripto se ha sentido
sin ser cruento, pero en el orden general los hechos prueban
que ha sido el acierto la resolución que ha precedido
nuestra realidad. La independencia política que heredamos
de nuestros mayores hasta nuestros días, no había
sido efectivizada por la independencia económica que permitiera
decir con verdad que constituimos una nación socialmente
justa, económicamente libre y políticamente soberana.
Por eso nosotros hemos luchado sin descanso para imponer la justicia
social que suprimiera la miseria en medio de la abundancia; por
eso hemos declarado y realizado la independencia económica
que nos permitiera reconquistar lo perdido y crear una Argentina
para los argentinos, y por eso nosotros vivimos velando porque
la soberanía de la Patria sea inviolable e inviolada mientras
haya un argentino que pueda oponer su pecho al avance de toda
prepotencia extranjera, destinada a menguar el derecho que cada
argentino tiene de decidir por sí dentro de las fronteras
de su tierra.
Contra un mundo que ha fracasado, dejamos una doctrina justa
y un programa de acción para ser cumplido por nuestra
juventud: ésa será su responsabilidad ante la Historia.
Quiera Dios que ese juicio les sea favorable y que al leer este
mensaje de un humilde argentino, que amó mucho a su Patria
y trató de servirla honradamente, podáis, hermanos
del 2000, lanzar vuestra mirada sobre la Gran Argentina que soñamos,
por la cual vivimos, luchamos y sufrimos.
Juan Domingo Perón
Presidente de la Nación
Argentina".
* El resaltado no pertenece al texto original.
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