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25 DE MAYO:
Vamos a retroceder ahora 193 años
atrás para ubicarnos en Buenos Aires, el 25 de mayo de
1810. Todos sabemos lo que ocurrió ese día: se
instauró el primer gobierno patrio, la Primera Junta,
después de que llegara a Buenos Aires la noticia de que
el rey Fernando VII estaba preso de los franceses que habían
invadido España. Hacía tiempo que los criollos
querían liberarse de España, sobre todo a partir
de las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, que les demostró
que podían defenderse solos Y si podían defenderse,
por qué entonces no iban a poder gobernarse, y sobre todo
comerciar con el resto del mundo.
La noticia del cautiverio del rey, les dio la ocasión
para emprender la gesta, y lo lograron. Hicieron una revolución
sin disparar un solo tiro.
Pero para contarnos lo que sucedió, dejemos que hable
un testigo de esa jornada, don Cosme Argerich, con una carta
que le escribió a un amigo que estaba en Montevideo. Y
la carta dice así:
Buenos Aires, 25 de mayo de 1810, nueve de la noche
Mi querido Juan Ramón:
Hago un verdadero sacrificio poniéndome a escribirte,
porque estoy muerto de cansado y con la cabeza un volcán.
La verdad es que no se puede describir la alegría y el
bullicio del pueblo. ¡Somos libres, Juan Ramón Somos
libres, y no alcanzamos todavía a darnos toda la explicación
merecida de lo que decimos con estas mágicas palabras!
Yo mismo no alcanzo a darme cuenta de la inmensidad de esta dicha
y bailo solo sin poder contenerme
¿Pero qué estoy haciendo, cuando todavía
no he cumplido con el deber de referirte lo que ha ocurrido?
Pues bien, óyeme. Anoche renunció Cisneros del
todo, y quedó abolida la pérfida intriga de los
faldonudos y gran bonetes del Cabildo. Hoy de mañana insistían
todavía en no admitirle la renuncia a Cisneros y en autorizarlo
a que usase de la fuerza.
Cuando se supo que el Cabildo porfiaba en llevar adelante su
maldita intriga e imponernos a Cisneros, se formó un grupo
dirigido por Chiclana, French, el padre Grela, Planes y diez
o quince más, que después de haberse encontrado
con Rodríguez Peña y con Belgrano en lo de Azcuénaga,
salieron gritando: ¡Al Cabildo! ¡Al Cabildo, muchachos!
El tropel se desató, y en un dos por tres, nos metimos
con una bulla infernal en la galería de los altos. Los
faldonudos se asustaron".
"La ceremonia fue solemne y tierna. A una señal que
les hizo el Alcalde Mayor, los miembros de la Junta se postraron
de rodillas por delante de la mesa municipal. El Sïndico
le alcanzó los evangelios al presidente Saavedra, y le
hizo poner sobre ellos la palma de la mano. Castelli puso la
suya sobre uno de los hombros de Saavedra, Belgrano la puso sobre
el otro, y sucesivamente los demás, los unos sobre los
hombros de los otros.
¿Qué crees tú que hacíamos todos
nosotros, sin excepción? ¡Llorábamos, y llorábamos
todos de gozo, amadísimo Juan Ramón! ¡Llorábamos
como unos niños. Sentíamos el hálito de
Dios sobre nuestras frentes al vernos pueblo libre, pueblo soberano,
y a nuestros queridos condiscípulos y amigos en el solio
de los virreyes ¡Qué virreyes! ¡Al diablo
los virreyes! En el solio de la soberanía popular, que
es más que los reyes.
¡Decirte el júbilo y el frenesí del pueblo,
es imposible! No tengo palabras con qué describírtelo
y lo mejor es que tú mismo te figures cómo habrá
sido, por lo que pasará en tu alma al leer todos estos
detalles. La tarde ha estado lluviosa, y a la noche ha continuado
lo mismo, pero la calle del Cabildo, la de las Torres, la del
Colegio y la plaza, llenas de gente y hasta de señoras
con paraguas y con piezas de cintas blancas y celestes, cuyos
pedazos andan repartiendo a los jóvenes. Ha sido imposible
iluminar la ciudad por causa de la lluvia y de la garúa.
Las candilejas se apagan, ha sido imposible encontrar faroles,
no hay vidrios ni quien los arregle. Miles de negros y mulatillos
han luchado por guarnecer de candilejas las rejas de las ventanas
y las cornisas de las puertas, ¡imposible!, se apagan.
Pero se ha recurrido a otro expediente: se ha hecho abrir todas
las puertas e iluminar los zaguanes. La mayor parte de las ventanas
están abiertas e iluminadas por detrás de los vidrios
con candelabros, y en las piezas hay niñas y señoras
recibiendo a sus amigos, tocando el clave y bailando. Yo no he
visto jamás una alegría más expansiva ni
más cordial.
No tengo fuerzas para escribirte más. Te doy cien mil
abrazos. Tenemos Patria. Somos dueños de la tierra donde
hemos nacido. Cien abrazos de tu amigo y condiscípulo,
Cosme Argerich.
- 20 DE JUNIO:
- Reportaje a Manuel Belgrano
Vamos a celebrar con el general Manuel Belgrano los 233 años
de su nacimiento, el 3 de junio de 1770. Y la verdad general,
es que los argentinos sabemos muy poco de su pensamiento. Sabemos
que era usted abogado, que por puro patriotismo tomó las
armas y terminó siendo general del Ejército, y
que creó la Bandera. Por eso le agradezco que haya aceptado
este reportaje y que nos permita conocer algunas de sus ideas,
sobre todo las que puedan aportarnos a nuestro presente.
Belgrano: Hablaré ahora, y diré cuanto pienso
sobre las ideas que usted me apunta.
Araceli: Usted sabe general, hace apenas una semana que
tenemos un nuevo presidente que asumió el país
en la crisis económica más grave de su historia.
Belgrano: No me hace tanto padecer el estado físico
de estas Provincias, como su estado moral.
- Araceli: Si,
general, pero lo más urgente es el hambre, la desocupación
Belgrano: El mejor modo de socorrer la mendicidad y la
miseria es prevenirla y atenderla en su origen; y nunca se puede
prevenir si no se proporcionan los medios de que el Mendigo busque
su subsistencia.
Araceli: Bueno, el nuevo gobierno habla de crear fuentes
de trabajo por medio de las obras públicas.
Belgrano: ¿Qué modo más adecuado
para prevenir la miseria y enriquecer a los habitantes de un
país, que enseñarle los caminos por donde deben
dirigirse a la opulencia?
Araceli: Si está bien, pero cuáles son esos
caminos
Belgrano: La instrucción que cada uno adquiera
en su respectivo oficio. El cultivo, las Artes, el comercio,
ejercitados por principios, llegarán sin duda al grado
de mayor prosperidad.
Araceli: Eso suena muy lindo, pero mientras se instruyen,
el gobierno tiene que salir a apagar incendios en las provincias,
con los maestros, los piqueteros, los ahorristas
Belgrano: Todo lo hace un gobierno cuando no quiere disponer
y manejar todo por sí mismo.
Araceli: ¿Cómo es eso?
Belgrano: El Cultivo, las artes, el comercio, estas son
las ricas minas, y cuyos preciosos tesoros jamás se agotan.
Ellas aseguran las fuerza y el poder de un Estado, que como dice
un sabio economista, no dependen de la vana política que
desde el Gabinete forma alianzas inútiles y poco seguras,
que se rompen luego que se forman por negociaciones frívolas,
sino de un pueblo rico, numeroso y bien mantenido.
Araceli: Bien, llegamos a la política, que es uno
de nuestros conflictos. Tenemos dirigentes pero el pueblo no
se siente representados por ellos, y les pide que cambien su
manera de hacer política, que no hagan alianzas inútiles
como dice usted, sino que piensen las maneras de sacar el país
adelante.
Belgrano: Recórrase toda la Europa culta, y encontraremos
a los políticos empleados en el estudio más útil
a sus Estados, formando proyectos adecuados a las experiencias
que continuamente se están haciendo, escribiendo memorias
útiles sobre los asuntos que anualmente proponen las sociedades
económicas.
Araceli: Bueno es que hay muchos que piensan que ya miramos
mucho hacia afuera, y que ahora llegó el momento de mirar
más hacia adentro, como en tiempos pasados.
Belgrano: Se deben extender los conocimientos, la ilustración
general, que las luces se difundan por todos, que todos se instruyan,
adquieran ideas. Que ni el labrador ni el comerciante, ni el
artista ignore lo que les corresponde. Que unos y otros procuren
no apegarse tan íntimamente a los pensamientos de sus
antepasados, los cuales solo deben adoptarse cuando convienen,
y cuando no desecharlos y abandonarlos: lo que fue útil
en otro tiempo, ahora es perjudicial. Las costumbres varían,
los usos igualmente, y todo, de tiempo en tiempo cambia, sin
que en esto haya más misterio que el de la vicisitud de
las cosas humanas.
Araceli: Pero hay quienes insisten en no olvidar cosas
del pasado
Belgrano: Hay quienes están revestidos de pasiones,
en particular, la de la venganza. Es preciso contenerla, y pedir
a Dios que la destierre, porque si no, esto es cosa de nunca
acabar y jamás veremos la tranquilidad.
Araceli: Exactamente es así, cosa de nunca acabar.
¿Cuál es para usted el camino para lograr esa tranquilidad?
Belgrano: Mientras los Jefes de Provincia no sean muy
escrupulosos en respetar la seguridad individual y ciegos en
aplicar la justicia, caiga en quien cayere, no se tranquilizarán
los pueblos, no tendrá crédito nuestro gobierno.
Las discordias interiores de los pueblos no nacen solamente de
los enemigos de la causa, sino de la impericia de los jefes,
que tomando la máscara de patriotas no aspiran sino a
su negocio particular, y a desplegar sus pasiones contra quienessuponen
enemigos del sistema porque desprecian su conducta artificiosa
y rastrera.
- Araceli: ¿Y
cuál es la salida?
- Belgrano: El
modo de contener los delitos y fomentar las virtudes es castigar
al delincuente y proteger al inocente.
Araceli: Ah pero eso es lo que nunca ocurre, sobre todo
si se trata de gobernadores, siempre terminan arreglando. Si
no, mire lo que ocurrió en Entre Ríos, el Presidente
tuvo que ir a sacarle las papas del fuego a un gobernador que
no puede pagarle a los maestros porque administra mal su provincia
y cuando la Legislatura lo quiso juzgar, su partido político
salió a hacer acuerdos para defenderlo.
Belgrano: Nada se hace con declamar sobre la necesidad
de la unión de todos los habitantes, si los encargados
de la autoridad pública en todos los Pueblos no ponen
su conducta y los sentimientos de su corazón en concordancia
con sus palabras, y si unos destruyen por una parte, al paso
que otros edifican por otra, a costa de los mayores desvelos
y sacrificios.
Araceli: Muchas gracias general Belgrano. Tal vez en esta
nueva etapa que comenzamos nos demos cuenta de que una manera
de refundar la República, como pidió nuestro presidente
al asumir, es alinear las palabras con los actos, y alguna vez
tener la inteligencia de construir a partir de lo bueno del pasado,
aunque eso bueno lo haya hecho una administración que
pensaba diferente.
Fuentes: Los
textos del reportaje a Belgrano fueron tomados de las Memorias
leídas en el Consulado de Buenos Aires en 1796 y 1799,
y de cartas escritas a San Martín el 26 de septiembre
de 1817; al gobernador de Salta, Feliciano Chiclana, en marzo
y abril de 1813; y a Tomás Manuel de Anchorena, el 30
de enero de 1815. Las cartas están recopiladas en "Epistolario
Belgraniano", editado por Taurus.
- 9 DE JULIO:
- Declaración de la independencia
nacional
- Cuando en agosto de 1813 llegó al
Río de la Plata la noticia de la huída de José
Bonaparte de Madrid y poco después que el rey Fernando
VII había retomado la corona, los revolucionarios criollos
tuvieron que tomar una decisión: declarar definitivamente
la independencia o seguir dependiendo de España.
Diferentes ideas
Si bien el 25 de Mayo de 1810 hubo acuerdo en proclamar un gobierno
propio, no todos compartían las mismas ideas sobre el
futuro de América. Unos decían que el nuevo gobierno
se había establecido solamente hasta que el rey retomara
el poder. Otros sostenían que había que independizarse
definitivamente de España. Entre estos últimos
también había diferencias, porque unos querían
establecer una República y otros creían que debía
continuar la monarquía.
A estos desacuerdos se sumaba el conflicto de Buenos Aires con
los pueblos del interior. Para los porteños era natural
que la ciudad, capital del Virreynato del Río de la Plata,
continuara ejerciendo el poder sobre el resto de los pueblos.
Las provincias, en cambio, exigían igualdad en el gobierno
y éste fue uno de los primeros problemas que debieron
resolver los revolucionarios.
El espíritu americano
Para los revolucionarios no existía la idea de nación,
tal como la concebimos hoy. Ellos formaban parte de un gran territorio
que abarcaba las actuales República Argentina, Chile,
Uruguay, Paraguay, Bolivia. Perú, Colombia, Venezuela
y Ecuador. Cuando hablaban de independencia, se referían
a la liberación de toda América del dominio de
España. Antes que peruanos, rioplatenses o chilenos se
reconocían como americanos.
La guerra
Tres fueron los frentes de guerra que el gobierno de Buenos Aires
debió atender: el Alto Perú donde se rearmaron
los españoles; el Paraguay que había rechazado
las fuerzas al mando de Belgrano y la Banda Oriental, hoy Uruguay,
conducida por José Gervasio de Artigas que cuestionaba
a las autoridades porteñas por su demora en declarar la
absoluta independencia de España y exigía el establecimiento
de una República confederada. En marzo de 1812 llegó
desde Londres un grupo de jóvenes militares que se habían
formado en España. Entre ellos venían el teniente
coronel José de San Martín y los alféreces
Matías Zapiola y Carlos María de Alvear. Los tres
integraban la Logia Lautaro, que era un grupo fundado por americanos
para lograr la independencia de la corona y el establecimiento
de un sistema de gobierno republicano.
La situación en América
El primer intento revolucionario desde que se conoció
el destierro del rey Fernando VII ocurrió en Chuquisaca,
hoy Sucre, uno de los pueblos del Alto Perú. En esa ciudad
funcionaba una universidad. Los estudiantes se rebelaron contra
el intento de la princesa Carlota Joaquina -hermana de Fernando
VII y esposa de Juan VI de Portugal- quien vivía en Río
de Janeiro, Brasil, y que quería ejercer el poder en las
colonias en nombre de su hermano.
Brasil no formaba parte del Virreynato del Río de la Plata,
sino que dependía de Portugal. Después de la invasión
de Francia a ese país, la familia real había huido
a Río de Janeiro. El Imperio del Brasil quería
incorporar la Banda Oriental a sus dominios y había realizado
avances sobre esa provincia. Unos días después
de la declaración de la independencia de las Provincias
de Sudamérica, aprovechando la pelea de Artigas con el
gobierno de Buenos Aires, el ejército portugués
invadió Montevideo iniciando un largo conflicto con Buenos
Aires por la posesión de ese territorio.
El 16 de julio de 1809 estalló un levantamiento en La
Paz, donde se instaló una Junta presidida por Pedro Domingo
Murillo, un mestizo con ideas revolucionarias. También
en ese año se produjo una revuelta en Quito. Pero el virrey
del Perú, José Fernando de Abascal, envió
un ejército que derrotó a todos estos intentos.
En Chile también se había establecido un Congreso
pero que no aspiraba a independizarse de España. En 1811,
el oficial José Miguel Carrera lo disolvió y se
proclamó dictador para dar una organización militar
a la revolución.
En 1814, su ejército conducido también por Bernardo
de O´Higgins fue derrotado por los españoles en
la Batalla de Rancagua.
Conflictos y cambios de gobierno
Mientras tanto, en Buenos Aires, los gobiernos se sucedían.
A la Primera Junta siguió la Junta Grande y luego el Primer
y Segundo Triunvirato. Este último, integrado por Juan
José Paso, Nicolás Rodríguez Peña
y Antonio Alvarez Jonte, con la intención de recomponer
la relación con las provincias convocó, en 1813,
a una Asamblea para que los diputados del interior pudieran expresarse
y en la que, por primera vez, no se invocó el nombre de
Fernando VII como autoridad del Virreynato.
Varias de las disposiciones tomadas por esta Asamblea prepararon
el camino de la independencia. Los representantes ordenaron la
circulación de una moneda propia, crearon un Escudo Nacional
y adoptaron el Himno. Sancionaron la libertad de vientres, es
decir, que a partir de ese momento los hijos nacidos de esclavos
fueron considerados libres; prohibieron la tortura y suprimieron
los títulos de nobleza.
Los enfrentamientos entre los miembros del Segundo Triunvirato
y la noticia de las derrotas del ejército criollo en Vilcapugio
y Ayohuma, precipitaron la decisión de que el Poder Ejecutivo
quedara en manos de una sola persona con el título de
Director Supremo. Fue designado Gervasio Posadas quien al poco
tiempo renunció y fue reemplazado por su sobrino, Carlos
María de Alvear.
José de San Martín
Mientras tanto, José de San Martín, quien había
fundado y entrenado una moderna fuerza militar llamada "Granaderos
a caballo", fue designado al frente del ejército
que defendía la frontera norte, y presentó al gobierno
un plan para invadir al Perú, donde los españoles
eran fuertes, a través de Chile por la vía del
Pacífico.
Pese a que San Martín y Alvear había llegado de
Europa con los mismos ideales, ahora sus posiciones habían
cambiado. San Martín continuaba firme con su objetivo
de lograr la independencia, mientras que Alvear como Director
Supremo, había enviado una misión a la Corte del
Brasil para solicitar la protección de Gran Bretaña
afirmando que estas provincias querían depender de ese
gobierno. Pero como los ingleses estaban aliados a España
no respondieron a este pedido.
Ni bien se hizo cargo del Ejército del Norte, San Martín
se dió cuenta que la manera de pelear de los paisanos
patriotas confundía a los españoles acostumbrados
a enfrentrar a ejércitos convencionales. Por eso le encargó
a Martín Guemes que, al frente de sus gauchos, impidiera
el paso de los realistas por Salta. En julio de 1814 las fuerzas
del rey emprendieron la retirada perseguidos por la caballería
criolla.
La unica forma de vencer a los realistas que se habían
hecho fuertes en Montevideo era a través de un ataque
por el Río de la Plata. Fue así que se creó
la escuadra patriota al mando del Almirante Guillermo Brown,
la que el 15 de marzo de 1814 tomó la Isla Martín
García. Dos meses después, frente a las playas
de El Buceo atacó y venció definitivamente a los
españoles que se retiraron de la Banda Oriental.
El rey Fernando VII ordenó la partida de una poderosa
flota rumbo a América, al mando del general Morillo, con
la orden de aplastar a los revolucionarios. A fines de 1815 los
españoles desembarcaron en Caracas y comenzaron a poner
freno a los rebeldes. A principios de 1816 los criollos solo
controlaban a las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Mientras tanto, Alvear, en vez de dedicarse a luchar con el ejército
español, decidió enfrentar a las fuerzas de Artigas,
el caudillo de la Banda Oriental que se oponía a que Buenos
Aires gobernara sin consultar al resto de los pueblos. Los oficiales
de Alvear no querían pelear contra quienes consideraban
sus hermanos y se sublevaron sosteniendo que el único
enemigo era España.
Alvear se vió, entonces, obligado a presentar su renuncia
y en su lugar fue designado Como nuevo Director Supremo el general
José Rondeau, entonces al frente del ejército del
Perú y al coronel Ignacio Alvarez Thomas como Director
interino, a cargo efectivo del gobierno quien convocó
un Congreso que debía deliberar en Tucumán para
intentar poner freno a tanto desorden.
Mientras tanto, en mayo de 1815 Manuel Belgrano y Bernardino
Rivadavia llegaron a Europa con la orden del gobierno de Buenos
Aires de negociar pacíficamente la separación de
las colonias de España. Pero Rivadavia se presentó
ante Fernando VII para felicitarlo por su regreso al trono y
para ofrecerle la obediencia de los pueblos americanos.
Se reúne el Congreso
El Congreso de las Provincias Unidas inauguró sus sesiones
en Tucumán, el 24 de marzo de 1816, con la participación
de diputados de todas las provincias, con excepción de
Santa fe, Entre Ríos, Corrientes y la Banda Oriental que
estaban bajo la influencia de Artigas. También estuvieron
representadas las provincias del Alto Perú como Charcas,
Cochabamba, Tupiza y Mizque.
La mayoría de los representantes de las provincias que
acudieron al Congreso de Tucumán eran abogados o sacerdotes.
Habían estudiado en las universidades de Córdoba,
Charcas, Lima o Santiago de Chile. Entre ellos se destacaron
el doctor Serrano por Charcas, el riojano Castro Barros, los
porteños Juan José Paso, Sáenz y Tomás
Manuel de Anchorena y el diputado por Chuquisaca, que luego sería
ministro de la Corte Suprema de Justicia de Bolivia.
En ese momento, la revolución enfrentaba una situación
difícil. Los españoles dominaban el Alto Perú
y Chile. Artigas manejaba una cuarta parte del Río de
la Plata. España amenazaba con una expedición militar
poderosa. El ejército patriota estaba dividido por los
enfrentamientos entre sus jefes. Después de la victoria
en Puesto de Márquez, Rondeau separó del mando
a Guemes quien se retiró a Salta junto con sus hombres.
Todo parecía jugar en contra de los deseos de independencia.
Hacía un año que el coronel San Martín preparaba
un fuerte ejército en Cuyo. Sabía del peligro que
significaba que los españoles estuvieran fuertes del otro
lado de la Cordillera. Cuando se reunió el Congreso contaba
con dos mil ochocientos hombres y le faltaban mil seiscientos
más para iniciar el ataque.
Pero insistía en que se declarara de una vez la independencia
y que terminaran las discusiones
- entre los distintos grupos para que todos
pudieran dedicarse a expulsar a definitivamente a España
de América.
Juan Martín de Pueyrredón
Teniendo en cuenta la gravedad de la situación, los diputados
lograron superar sus desacuerdos y decidieron, en primer lugar,
designar un Director Supremo que representara a todos. Fue elegido
Juan Martín de Pueyrredón, héroe de la defensa
de Buenos Aires durante las invasiones nesas y que no era partidario
de ninguno de los sectores enfrentados.
La primera medida que tomó Pueyrredón fue para
terminar con los conflictos dentro del ejército. Para
ello decidió apartar a Rondeau del Ejército del
Perú y designó en su lugar a Belgrano que acababa
de llegar de Europa. Le encargó a Guemes, otra vez, la
defensa de la frontera norte y, después de estudiar el
plan de San Martín para invadir a Chile, se decidió
a apoyarlo.
- Por fin la Independencia
Habían pasado tres meses y los diputados seguían
reunidos en Tucumán tratando de encontrar la mejor forma
para organizar a la nación. Hasta que, el 9 de Julio de
1816 y bajo la presidencia de Francisco Laprida, representante
por San Juan, el Congreso declaró por fin la independencia
absoluta de España y lo hizo no solamente en representación
de los pueblos del Río de la Plata sino en nombre de todas
las provincias de América del Sur.
Desde ese día, los antiguas colonias del Virreynato declararon
al mundo que eran independientes del rey Fernando VII y sus sucesores
y que eran libres de decidir su forma de gobierno. Ahora empezaban
un largo camino de casi cuarenta años hasta encontrar
la mejor forma de organizar a la nación.
- El presidente de la sesión
histórica del Congreso de Tucumán: Francisco Narciso de Laprida
- Nació el 28 de octubre de 1786, en
la provincia de San Juan. Era abogado, graduado en la Universidad
de San Felipe, de Chile. Regresó a San Juan poco después
de la Revolución de Mayo de 1810, donde fue nombrado Asesor
del Cabildo y en 1812 como Alcalde de Primer Voto.
Ese mismo año, el Triunvirato envió una circular
a los Cabildos provinciales para que eligieran un representante
para el Congreso que se reuniría en Tucumán. En
San Juan resultó electo Laprida, y en la presidencia rotativa
del Congreso de Tucumán, le tocó a él presidir
la sesión que declaró la Independencia el 9 de
julio de 1816. Regresó luego a su provincia, y una vez
que estalló la guerra civil entre federales y unitarios,
Laprida se incorporó al bando unitario en el Batallón
El Orden, en el que también combatía el entonces
joven Domingo Faustino Sarmiento. En esa lucha, murió
Laprida, en 1829, degollado por las fuerzas del Comandante Ventura
Quiroga. Tenía 43 años, su cuerpo nunca fue encontrado
y pudo ser reconocido por el monograma de su camisa.
Manuel Belgrano: La Independencia y la negociación
con el exterior
- Como de casi todos los hechos de la historia,
podemos sacar de la Declaración de la Independencia algunas
ideas que sirven para el presente. Una de ellas es que Independencia
no es sinónimo de no negociación con el mundo
Además de los ejércitos comandados por San Martín,
por Manuel Belgrano y por Martín de Güemes, en 1816
hubo también una negociación internacional a cargo
de Bernardino Rivadavia y el mismo Belgrano, quienes fueron enviados
a Europa para buscar apoyo.
En 1815 el gobierno les ordenó regresar, pero Belgrano
entendió que era mejor continuar con esas negociaciones.
Por eso decidió volver, y que Rivadavia se quedara. Antes
de partir, en octubre de 1815, Belgrano le escribe a Rivadavia:
"No puedo dejar de hacer presente a usted que no debe cumplirse
de su parte, la orden del Gobierno para que regrese a Buenos
Aires. Yo soy testigo de lo que usted ha trabajado, y sé
sus actuales relaciones que el Gobierno no podía saber,
así como no sabía del estado político de
la Europa, según se infiere por la fecha de la orden.
(
) Por estas razones y por otras que hemos tenido presentes,
usted se ha prestado a quedarse, pasando a Francia, centro hoy
de las relaciones políticas del mundo, y continuar los
acertados pasos que hasta aquí lleva dados. Permítame
usted que le diga por escrito, que siga con empeño y anhelo,
por el bien de nuestra Patria, mientras llego a Buenos Aires,
donde espero hacer presente al Gobierno cuanto ha ocurrido".
Una vez declarada la Independencia, el primer tratado que la
Argentina firmó con el exterior fue con Gran Bretaña,
de donde recibió apoyo para finalizar la guerra con España.
Fuentes: - Carta
de Manuel Belgrano a B. Rivadavia, Londres 30 de octubre de 1815.
Epistolario Belgraniano, Ed. Taurus, Bs. As. 2001.
- Bartolomé Mitre: La independencia y la ley
- El Congreso de Tucumán declaró
la Independencia para ajustarse a la ley y para salir del estado
revolucionario en el que se encontraba el país desde 1810.
En un escrito de 1871, Bartolomé Mitre afirma lo siguiente:
"El Congreso de 1816, cualquiera que haya sido su composición,
cualquiera que haya sido el modo cómo ejercitó
sus poderes, representó una idea práctica del derecho
revolucionario, que tendía a convertirse en poder normal.
Ese Congreso que ni elegido popularmente fue, sabio o no, omnipotente
o ilimitado sus poderes, llevó a un centro la voluntad
de un pueblo y su sentido práctico, y en un momento dado
representó la fuerza moral que dio su nervio a la revolución,
y produjo el Acta de la Independencia".
Y concluye Mitre: (La Independencia fue declarada) "por
boca del Congreso de las Provincias Unidas, elegido con arreglo
a formas vetustas, pero que eran la forma de transición
entre dos
- épocas, y gracias sobre todo, al instinto
popular que colocado en tan sólido terreno, apelaba a
la consagración legal de sus derechos para lanzarse resueltamente
en pos de nuevas conquistas democráticas".
Fuentes: - Mitre,
Bartolomé. La historia y el derecho positivo, 4 de julio
de 1871. Obras Completas. Tomo XVII, Pág. 19, Bs. As.
1960.
-
-
- 17 DE AGOSTO:
- Reportaje a José de San Martín
- Estamos con el general José de San
Martín quien no necesita presentación porque desde
muy chicos sabemos que el es el Padre de la Patria. San Martín
tuvo una muy breve actuación pública, apenas 12
años, pero suficientes para haber liberado a la Argentina,
a Chile y al Perú, y también para dejar grabado
a fuego entre nosotros la idea de la hermandad latinoamericana,
la Patria Grande como él llamaba.
General San Martín, gracias por aceptar este reportaje.
Y quiero aprovechar para abordar esos temas que los argentinos
solemos preguntarnos sobre usted y que los libros escolares no
nos explicaron muy bien. ¿Por qué siendo usted
el más prócer de nuestros próceres se fue
de la Argentina?
San Martín: De regreso de Lima fui a habitar una
chacra que poseo en las inmediaciones de Mendoza, con el deseo
de gozar una vida tranquila que diez años de revolución
y guerra me hacían desear con anhelo. Me proponía
en mi atrincheramiento dedicarme a los encantos de una vida agricultora
y a la educación de mi hija.
Araceli: ¿Y por qué no pudo hacerlo?
San Martin: Fueron vanas esperanzas. En medio de estos planes
he aquí que el espantoso Centinela principia a hostilizarme.
Araceli: Usted se refiere al periódico El Centinela.
San Martín: Sus carnívoras falanges se destacan
y bloquean mi pacífico retiro.
Araceli: Bueno general, pero al fin de cuentas no era
nada más que un diario. ¿Qué le podía
importar a usted que era el Libertador de América?
San Martín: ¿Y la desconfianza del gobierno
de Buenos Aires que en esa época existía en Buenos
Aires? Sus papeles ministeriales me hicieron una guerra sostenida.
Araceli: ¿Pero con qué argumentos?
San Martín: Sostenían que un soldado afortunado
se proponía someter a la República al régimen
militar, y sustituir este sistema al orden legal y libre.
Araceli: ¿Y era verdad? ¿Usted alguna vez
se propuso gobernar el país?
San Martín: En el período de diez años
de mi carrera pública, en distintos mandos y estados,
la política que me propuse seguir fue invariable, la de
no mezclarme en los partidos que alternativamente dominaron en
aquella época en Buenos Aires.
Araceli: Y entonces ¿por qué las autoridades
sospechaban de usted?
San Martín: La oposición al gobierno se
servía de mi nombre y sin mi consentimiento ni aprobación
manifestaba en sus periódicos que yo era el solo hombre
capaz de organizar el Estado y de reunir las provincias que se
hallaban en disidencia con la capital.
- Araceli: Al
final lo perjudicaban desde los dos lados, desde el gobierno
y también desde la oposición.
San Martín: En esas circunstancias me convencí
que para desgracia mía, había figurado en la revolución
más de lo que yo había deseado, lo que me impediría
poder seguir entre los partidos una línea de conducta
imparcial.
Araceli: Bueno, pero usted podía haber refutado
también por la prensa.
San Martín: A la guerra de la pluma que se me hacía
yo no podía oponer otra que esta misma arma para mí
desconocida. En lucha tan desigual me decidí a abandonar
mi fortificación. Para disipar toda ida de ambición
de ningún género de mando, me embarqué para
Europa.
Araceli: ¿Y al final lo dejaron tranquilo?
San Martín: Vengo a Europa, y al mes de mi llegada
un agente del gobierno de Buenos Aires en París escribe
que uno u otro americano en Londres trata de llevar a un reyecito
para formar con él un gobierno militar en América.
Indicaba al general San Martín que como fue educado en
los cuarteles, no tuvo la oportunidad de estudiar otro sistema
más adecuado a la verdadera voluntad y a las necesidades
positivas de los pueblos. Ni apartarme de las grandes capitales
y vivir oscurecido en esta, no ponen a cubierto de los repetidos
ataques a un general que, por lo menos,
- no ha hecho derramar lágrimas a la
Patria.Araceli: Parece que no es de ahora esto de hablar en nombre
de la voluntad del pueblo para imponer las ideas propias, que
después resulta que eran las que quería el pueblo.
San Martín: La historia y más que todo la
experiencia de nuestra revolución, me han demostrado que
jamás se puede mandar con más seguridad a los pueblos
que en los dos primeros años después de una gran
crisis, porque no exigirán más que tranquilidad.
Si sentimientos menos nobles que los que poseo a favor de nuestro
suelo fuesen el norte que me dirigiesen, hubiese aprovechado
esa coyuntura para engañar a este heroico pero desgraciado
pueblo, como lo han hecho unos cuantos demagogos que con sus
locas teorías, lo han precipitado en los males que le
afligen y dándole el pernicioso ejemplo de calumniar y
perseguir a los hombres de bien, con el innoble objeto de inutilizarlos
para su país.
Araceli: Si, de eso hoy también sabemos bastante.
Pero no se preocupe, porque hoy todos los veneran.
San Martín: ¿Cree usted que tan fácilmente
se haya borrado de mi memoria los horrorosos títulos de
ladrón y ambicioso con que tan gratuitamente me han favorecido
los pueblos que en unión de mis compañeros hemos
libertado?
Araceli: ¿Qué, todavía sigue enojado?
San Martín: Yo he estado, estoy y estaré
en la firme convicción de que toda la gratitud que se
debe esperar de los pueblos en revolución es solamente
el que no sean ingratos, pero confesemos que es necesario tener
toda la filosofía de un Séneca, o la imprudencia
de un malvado para ser indiferente a la calumnia. Esto último
es de la menor importancia para mí, pus no soy árbitro
de olvidar las injurias porque pende de mi memoria, pero al menos
he aprendido a perdonarlas, porque este acto depende de mi corazón.
Araceli: Bueno, justo vino a poner el dedo en la llaga.
Hoy hablar de perdón y de olvido no está de moda
en la Argentina.
San Martín: En las circunstancias en que se halla
nuestro país necesita de hombres, no sólo conciliables
sino que obren sin pasiones ni espíritu de partido. Usted
me dirá que es bien difícil poder formar una administración
que toda ella parta de este principio. Pero es suficiente con
que una parte contenga los arrebatos de la otra: he leído
no sé en dónde que los mejores matrimonios son
los que se componen de caracteres encontrados, es decir, que
si el del marido es violento y el de la mujer dulce y prudente,
éste suaviza al de aquél y tempera sus violencias.
Por el contrario, si ambos fuesen arrebatados todo se lo llevaría
el demonio en un momento.
Araceli: Pero hoy en la Argentina no aparecen los que
hagan contrapunto a los arrebatos. Y mientras discutimos las
muertes de hace 30 años, no nos ocupamos de impedir que
la inseguridad, el delito, el hambre y la desocupación
se cobren las vidas de hoy.
San Martín: El gobierno en las circunstancias difíciles
en que se ha encontrado y que en mi concepto no han desaparecido,
debe si la ocasión se presenta ser inexorable con el individuo
que trate de alterar el orden, pues si no se hace respetar por
una justicia firme e imparcial, se lo merendarán como
si fuese una empanada, y lo peor del caso es que el país
volverá a envolverse en nuevos males.
Araceli: Otra vez general, vuelve a poner el dedo en la
llaga con eso de la justicia imparcial.
San Martín: Lo que deseo es que el gobierno siguiendo
una línea de justicia severa, haga respetar las leyes
de un modo inexorable. Sin más que esto, yo estoy seguro
que el orden se mantendrá.
Araceli: Si, pero no solo no se respetan las leyes sino
que encima ahora se las anula. ¿Por dónde cree
usted que deberíamos buscar la salida?
San Martín: Estos males hubiéranse remediado
en mucha parte si los hombres que han podido influir tuvieran,
primero, un poco menos de ambición y más moderación,
y segundo si conocieran que para defender la libertad se necesitan
ciudadanos, no de café, sino de instrucción y elevación
de alma, capaces de sentir el intrínseco y no arbitrario
valor de los bienes que proporciona un gobierno representativo.
- Araceli: ¿Y
cuál es a su criterio el mejor camino para lograr que
sea este tipo de dirigentes el que conduzcan el país?
San Martín: Yo preveo que los resultados que ustedes
se proponen no tendrán efecto sin que se reforme el sistema
de elecciones sin lo cual el país no marchará.
Araceli: ¿Y qué sintió usted cuando
lo recibieron de esa manera?
San Martin: Con muy pocas relaciones de familia en mi
propio país, y sin otro apoyo que mis buenos deseos de
serle útil, sufrí este contraste con constancia,
hasta que las circunstancias me pusieron en situación
de disipar toda prevención, y poder seguir sin trabas
las vicisitudes de la guerra de laIndependencia.
Araceli: El casamiento con Remedios de Escalada lo ayudó
bastante. Ella tenía 15 años y usted 34 cuando
se casaron, y murió once años después a
los 26 años. Los libros dicen que como estaba enferma
de tuberculosis usted la envió de Mendoza a Buenos Aires.
¿Por qué tomó esa decisión?
San Martín: Porque el clima de la provincia no
le sentaba.
Araceli: Los libros dicen también que ella lo mandó
a llamar porque estaba muriendo y que usted estaba en Mendoza
y no viajó a Buenos Aires. Y que hasta el último
momento ella tuvo la esperanza de que usted llegara.
San Martín: ¿Ignora usted por ventura que
en el año 23, cuando por ceder a las instancias de mi
mujer de venir a darle el último adiós, resolví
en mayo venir a Buenos Aires, se apostaron partidas en el amino
para prenderme como a un facineroso, lo que no realizaron por
el piadoso aviso que se me dio por un individuo de la misma administración?
Araceli: Después de la muerte de Remedios, su hija
Mercedes quedó viviendo con su suegra. ¿Cómo
es que decidió llevársela con usted en su exilio?
San Martín: Cada día me felicito más
y más de mi determinación de conducirla a Europa
y haberla arrancado de al lado de doña Tomasa. Esta señora
con su excesivo cariño me la había resabiado, como
dicen los paisanos, en términos que era un diablotín.
Araceli: Con usted Mercedes estuvo mejor que con su abuela
San Martín: La mutación que se ha operado
en su carácter es tan sorprendente como sus progresos
en el dibujo. El inglés y el francés le son tan
familiares como el castellano.
Araceli: Y usted, ¿cómo se sintió
en Europa?
San Martín: Solo le diré que paso en la
opinión de estas buenas gentes por un hombre raro y oscuro
y en parte con razón pues no trato con persona viviente
porque, hablándole la verdad, de resultas de la revolución
he tomado un tedio al trato de los hombres que yo conozco toca
el ridículo.
Araceli: ¿No hablaba con nadie? ¿No le pesaba
la soledad?
San Martín: Vivo en una casita de campo, a tres
cuadras de la ciudad en compañía de un hermano
mío pues la niña está en un colegio.
Araceli: Pero ¿qué hacía durante
todo el día?
San Martín: Las mañanas son ocupadas en
la cultura de un pequeño jardín y en mi taller
de carpintería. A la tarde en paseo y las noche en hacer
apuntes y leer libros alegres y papeles públicos. He aquí
mi vida. Usted dirá que es feliz, así debía
ser, pero mi alma siente un vacío ausente de mi patria.
Araceli: Pero en Europa vivía más tranquilo
que aquí.
San Martín: Le aseguro que prefiero mi chacra de
Mendoza a todas las comodidades y ventajas que proporciona la
culta Europa y sobre todo este país por la liberalidad
de su gobierno y
- seguridad que en él se goza, lo hace
el punto de reunión de un inmenso número de extranjeros
como igualmente por lo barato de él.
Araceli: ¿ Y cómo era su casa?
San Martín: Mi casa está compuesta por nueve
piezas perfectamente tapizadas todas ellas y un jardín
liadísimo de más de una cuadra.
Araceli: ¿Y de qué vivía?
San Martín: Con los cinco mil pesos que me reditúa
mi casa de Buenos Aires.
Araceli: ¿Y con eso le alcanzaba?
San Martín: Basta para un hombre como yo que no
tiene ni caprichos ni lujo, y que como muy frugalmente.
Araceli: Si, pero llegó un momento que ya no le
alcanzó por eso decidió regresar.
San Martín: El estado de mis intereses, es decir,
la depresión del papel moneda en Buenos Aires no me permitían
por más tiempo vivir en Europa, con los réditos
de mi finca, los que aunque alcanzaron a cerca de 6.000 pesos,
puestos en el continente, quedaban reducidos a menos de 1.500,
así es que me resolví regresar al país con
el objeto de pasar en Mendoza los dos años que juzgo necesario
para la conclusión de la educación de mi hija y
agitar por la mayor inmediación el cobro de alguna parte
de mi pensión del Perú. Y al mismo tiempo hacer
el ensayo de si
- con los cinco años de ausencia y una
vida retirada, podía desimpresionar a lo general de mis
- conciudadanos que toda mi ambición
estaba reducida a vivir y morir tranquilamente en el seno de
mi patria. Pero todos estos planes se los llevó el diablo
por las ocurrencias del día.
Araceli: Por el golpe de Estado de Lavalle que derrocó
al gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego y lo fusiló.
General, ¿siguió manteniendo amistades o relaciones
familiares en la Argentina?
San Martín: Treinta años han transcurrido
desde que formé mis primeras amistades y relaciones en
Buenos Aires y a la fecha no me queda un solo amigo e éstos,
la mayor parte no existen y los restantes se hallan ausentes
o emigrados. De la familia Escalada toda ella ha desaparecido,
excepto Manuel, con quien hace muchos años corté
toda comunicación por su mal proceder.
Araceli: ¿Durante los años que pasó
en Europa, no se sintió atraído por ninguna mujer?
San Martín: Traté con satisfacción
al señor Lisboa, sujeto muy apreciable. Su señora
me inspiraba sentimientos más benévolos no sólo
por su carácter y maneras dulces como caramelos, sino
por sus bellísimos y destructores ojos. Usted dirá
que es una abominación que a las 64 Navidades tenga yo
un tal lenguaje. Pero por qué privarme del solo placer
que me resta, es decir, el de recrear la vista pues en cuanto
a lo demás
Araceli: Una última pregunta, general, ¿fue
usted feliz?
San Martín: Aunque es verdad que todos mis anhelos
no han tenido otro objeto que el bien de mi hija amada, debo
confesar que la honrada conducta de ésta y el constante
cariño y esmero que siempre me ha manifestado, han recompensado
con usura todos mis esmeros haciendo mi vejez feliz.
-
- General José de San Martín
a 156 años de su fallecimiento
- El general José de San Martín
tenía 72 años cuando falleció el 17 de agosto
de 1850, en Boulogne Sur Mer, Francia. Hacía casi tres
décadas que había abandonado a la Argentina, con
el sueño de regresar para finalizar sus días en
su chacra de Mendoza. Pero la persecución de Bernardino
Rivadavia, temeroso de que el Libertador le disputara el poder,
y luego la guerra civil desatada entre federales y unitarios
a partir del fusilamiento del gobernador de Buenos Aires, Manuel
Dorrego, le impidieron cumplir su deseo.
Sus restos pudieron volver recién en 1880, en los finales
de la misma lucha, cuando porteños y provincianos guerreaban
por la Capital Federal, unos para evitar que la separaran de
la provincia, los otros para declararla sede de las autoridades
nacionales.
Dos años antes, el presidente Nicolás Avellaneda
había impulsado la conmemoración del centenario
del nacimiento de San Martín, con la esperanza de encontrar
un punto de unión entre los argentinos.
Desde el 22 al 25 de febrero de 1878 fue feriado en la Argentina.
Durante esos días, la ciudad de Buenos Aires se llenó
de banderas. Las luces acompañaron la celebración,
que contó con una velada literaria en el teatro Colón
y con la colocación de la piedra basal del mausoleo de
la Catedral, encargado el escultor francés Albert Ernest
Carrier-Belleuse.
El centenario del Libertador contó también con
una marcha cívica desde la Plaza de la Victoria -hoy Plaza
de Mayo- hasta el Campo de Marte que, desde entonces, se llama
"Plaza San Martín" donde se inauguró
el monumento que todavía hoy la preside.
Años después, el mismo Avellaneda escribió
una crónica de esa jornada: "Un pueblo entero nos
había seguido, acompañado y precedido envolviéndonos
en una red inmensa. (
) La emoción era suprema. (
)
Estábamos ya en la escena final de la gran fiesta. Teníamos
por delante la estatua ecuestre del héroe, agigantada
por las primeras sombras de la noche, y tendíamos nuestras
manos a los viejos veteranos de la Independencia que la rodeaban
y que se habían presentado voluntariamente, venciendo
edad y dolencias, para hacer su última guardia".
Frente a esos ancianos, combatientes en Chacabuco, Maipú
y Lima, el Presidente pronunció un discurso conmovedor.
Primero, pidió disculpas por no haber reconocido a San
Martín en vida. "La injusticia, el desconocimiento
del mérito y su persecución, son flaquezas de la
tierra; pero son también la levadura con que se elaboran
prontamente las reputaciones que tienen por base la simpatía
humana. No ha pasado todavía una generación y comienza
el enternecimiento suscitado por la injusticia. La primera reparación
se hace en los corazones y ella basta para resguardar por siempre
un nombre contra el olvido".
Después, confesó: "He sentido dos veces identificada
mi alma con la de mis compatriotas. Cuando vine ahora tres años
por el camino recto, trayendo credenciales de verdad en mis manos
y fui aclamado Presidente de la República; y la siento,
sobre todo, este día, cuando espacio mis miradas y no
encuentro ningún disentimiento, cuando levanto la voz
para conmemorar las glorias del pasado o saludar nuestros destinos
en lo futuro y encuentro que ella da expresión al sentimiento
de todos los argentinos".
De esta manera, la figura del general San Martín sirvió
para distender los enfrentamientos políticos. No pudo
cumplir el sueño de morir en su país pero, desde
la inmortalidad, continuó sobrevolando las diferencias
entre los argentinos convirtiéndose en un punto de unidad
que, hasta hoy, nadie discute.
-
-
- 11 DE SEPTIEMBRE:
- Día del maestro
- Cronología de Domingo Faustino
Sarmiento
- 15 de febrero de 1811: Nace en San Juan de la Frontera. Es hijo de paula
Albarracín y José Clemente Sarmiento.
1816: Concurre a la Escuela de la Patria, en la que cursa
sus primeras letras y su único estudio formal.
1821: Fue rechazado, por falta de recursos, para cursar
estudios en el Seminario de Loreto, en Córdoba.
1824: Fue excluido de la beca ofrecida por el gobierno
de Buenos Aires para la educación de jóvenes sanjuaninos.
1825: Parte a San Luis, junto al presbítero José
de Oro. En San Francisco del Monte, funda una escuela para enseñarle
a leer y escribir a los campesinos de la zona.
1827: Regresa a San Juan y se emplea como dependiente
en un almacén.
1829: Se incorpora junto a su padre a las fuerzas unitarias,
en el Batallón del Orden en Mendoza, a las órdenes
del general Alvarado.
1831: Parte a su primer exilio en Chile. Trabaja como
dependiente y minero. También regentea la escuela de una
aldea chilena. En ese año nace su hija Faustina, de su
relación con María Jesús del Canto.
1833: Se traslada a Valparaíso y se emplea como
dependiente de comercio.
1835: Enferma de fiebre tifoidea y de depresión.
Intenta volver a San Juan.
1836: El gobernador de San Juan, Nazario Benavídez,
autoriza su retorno y Sarmiento regresa a su provincia natal.
1838: Constituye, junto con otros jóvenes, la Sociedad
Literaria en San Juan, en relación a la Asociación
de mayo fundada por Esteban Echeverría en Buenos Aires.
1839: Funda en San Juan el Colegio de Pensionistas "Santa
Rosa". El 20 de julio aparece el primer número de
El Zonda bajo su dirección.
1840: Participa en una conspiración unitaria y
es desterrado nuevamente a Chile.
1841: Aparece su primer artículo en el diario El
Mercurio de Valparaíso.
1842: Dirige la Escuela Normal de Preceptores en Chile.
1843: Es designado miembro de la Facultad de Filosofía
y Humanidades aprueba casi en su totalidad su Memoria sobre la
ortografía. Escribe su Método de Lectura Gradual.
1845: Publica la Vida de Aldao. El 1° de mayo empieza
a aparecer en El Progreso, en forma de entregas, Civilización
y Barbarie, luego conocido como el Facundo. Parte a Europa, enviado
por el gobierno chileno, en una gira para resolver los sistemas
educativos aplicados en el mundo.
1846: Llega a París. Viaja a España y a
Argelia.
- 1847: Parte
hacia Italia y Berlín. Regresa a París. En julio
viaja a Londres y a Liverpool. A fines de agosto arriba a Nueva
York y entabla relación con Horace Mann, destacado educador
norteamericano.
- 1848: Regresa
a Chile. Se casa con Benita Martínez Pastoriza.
1849: Publica Viajes por Europa, África y América
y Educación Popular. Funda el diario La Crónica.
Colabora en La Tribuna. En dos oportunidades, Juan Manuel de
Rosas reclama su extradición al gobierno chileno.
1850: Publica Argilópolis y Recuerdos de Provincia.
1851: Parte junto a Bartolomé Mitre, para ponerse
a las órdenes de Justo José de Urquiza. Es designado
boletinero del Ejército Grande.
1852: Participa de la batalla de Caseros que puso fin
al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Disgustado con Urquiza,
parte a Chile. Publica Campaña en el Ejército Grande.
1853: Entabla una fuerte polémica con Juan Baustista
Alberdi. Publica La Ciento y Una y Comentarios a la Constitución
de la Confederación Argentina.
1854: Intenta regresar a San Juan, pero es detenido por
el gobierno de esa provincia. Regresa a Chile.
1855: Llega a Buenos Aires. Es nombrado director de El
Nacional. Publica Educación Común. Integra el Consejo
Municipal de Buenos Aires. Inicia su exploración en el
Delta del Paraná y su promoción para probar esas
tierras.
1856: Es nombrado jefe del Departamento de Escuelas. Comienza
su relación con Aurelia Vélez.
1857: Es elegido senador del estado de Buenos Aires.
1860: Es miembro de la Comisión Revisora de la
Constitución Nacional y de la Convención Reformadora
de Santa Fe. Es designado por el gobernador Mitre ministro de
Gobierno y Relaciones Exteriores.
1861: Muere su madre y su amigo Antonio Aberastain es
fusilado en San Juan.
1862: Es elegido gobernador de San Juan. Se separa de
su esposa.
1864: Renuncia a la gobernación de San Juan y es
designado ministro plenipotenciario de la República Argentina
en los Estados Unidos.
1865: Llega a los Estados Unidos y se establece en Nueva
York. Publica el periódico Ambas Américas.
1866: Muere su hijo Dominguito en la guerra del Paraguay.
Publica Vida de Lincoln, Escuelas, la base de la prosperidad
de la República en los Estados Unidos y Vida del Chaco.
1867: A fines de este año lanzan en Buenos Aires
su candidatura presidencial.
1868: La Universidad de Michigan le otorga el título
de Doctor en Leyes. Regresa al país y durante su viaje
de retorno recibe la noticia de que fue electo presidente de
la República. El 12
- de octubre asume la primera magistratura.
1874: Termina su mandato presidencial.
1875: Se incorpora al Senado de la nación como
legislador por san Juan. Recibe el nombramiento de director general
de Escuelas de la provincia de Buenos Aires.
1876: Inaugura la primera sección del parque Tres
de Febrero.
1877: Es ascendido a general de brigada.
1879: El presidente Nicolás Avellaneda lo designa
ministro del Interior, cargo en el que permanece un mes.
1880: La Asociación de Jóvenes de la Unión
nacional le ofrece la candidatura presidencial, que él
acepta.
1883: Publica Conflicto y Armonía de las Rozas
en América.
1885: Funda el diario El Censor. Publica Vida y escritos
del coronel don Francisco J. Muñiz y Vida de Dominguito.
1887: Parte a Asunción en busca de un mejor clima para
su salud. En octubre regresa a Buenos Aires.
1888: En mayo vuelve a Asunción. El 6 de septiembre
sufre una descompensación cardíaca. Muere el 11
de septiembre, a las dos y cuarto de la madrugada.
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