25 DE MAYO:
Vamos a retroceder ahora 193 años atrás para ubicarnos en Buenos Aires, el 25 de mayo de 1810. Todos sabemos lo que ocurrió ese día: se instauró el primer gobierno patrio, la Primera Junta, después de que llegara a Buenos Aires la noticia de que el rey Fernando VII estaba preso de los franceses que habían invadido España. Hacía tiempo que los criollos querían liberarse de España, sobre todo a partir de las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, que les demostró que podían defenderse solos Y si podían defenderse, por qué entonces no iban a poder gobernarse, y sobre todo comerciar con el resto del mundo.
La noticia del cautiverio del rey, les dio la ocasión para emprender la gesta, y lo lograron. Hicieron una revolución sin disparar un solo tiro.
Pero para contarnos lo que sucedió, dejemos que hable un testigo de esa jornada, don Cosme Argerich, con una carta que le escribió a un amigo que estaba en Montevideo. Y la carta dice así:
Buenos Aires, 25 de mayo de 1810, nueve de la noche
Mi querido Juan Ramón:
Hago un verdadero sacrificio poniéndome a escribirte, porque estoy muerto de cansado y con la cabeza un volcán. La verdad es que no se puede describir la alegría y el bullicio del pueblo. ¡Somos libres, Juan Ramón Somos libres, y no alcanzamos todavía a darnos toda la explicación merecida de lo que decimos con estas mágicas palabras! Yo mismo no alcanzo a darme cuenta de la inmensidad de esta dicha y bailo solo sin poder contenerme
¿Pero qué estoy haciendo, cuando todavía no he cumplido con el deber de referirte lo que ha ocurrido?
Pues bien, óyeme. Anoche renunció Cisneros del todo, y quedó abolida la pérfida intriga de los faldonudos y gran bonetes del Cabildo. Hoy de mañana insistían todavía en no admitirle la renuncia a Cisneros y en autorizarlo a que usase de la fuerza.
Cuando se supo que el Cabildo porfiaba en llevar adelante su maldita intriga e imponernos a Cisneros, se formó un grupo dirigido por Chiclana, French, el padre Grela, Planes y diez o quince más, que después de haberse encontrado con Rodríguez Peña y con Belgrano en lo de Azcuénaga, salieron gritando: ¡Al Cabildo! ¡Al Cabildo, muchachos! El tropel se desató, y en un dos por tres, nos metimos con una bulla infernal en la galería de los altos. Los faldonudos se asustaron".
"La ceremonia fue solemne y tierna. A una señal que les hizo el Alcalde Mayor, los miembros de la Junta se postraron de rodillas por delante de la mesa municipal. El Sïndico le alcanzó los evangelios al presidente Saavedra, y le hizo poner sobre ellos la palma de la mano. Castelli puso la suya sobre uno de los hombros de Saavedra, Belgrano la puso sobre el otro, y sucesivamente los demás, los unos sobre los hombros de los otros.
¿Qué crees tú que hacíamos todos nosotros, sin excepción? ¡Llorábamos, y llorábamos todos de gozo, amadísimo Juan Ramón! ¡Llorábamos como unos niños. Sentíamos el hálito de Dios sobre nuestras frentes al vernos pueblo libre, pueblo soberano, y a nuestros queridos condiscípulos y amigos en el solio de los virreyes ¡Qué virreyes! ¡Al diablo los virreyes! En el solio de la soberanía popular, que es más que los reyes.
¡Decirte el júbilo y el frenesí del pueblo, es imposible! No tengo palabras con qué describírtelo y lo mejor es que tú mismo te figures cómo habrá sido, por lo que pasará en tu alma al leer todos estos detalles. La tarde ha estado lluviosa, y a la noche ha continuado lo mismo, pero la calle del Cabildo, la de las Torres, la del Colegio y la plaza, llenas de gente y hasta de señoras con paraguas y con piezas de cintas blancas y celestes, cuyos pedazos andan repartiendo a los jóvenes. Ha sido imposible iluminar la ciudad por causa de la lluvia y de la garúa. Las candilejas se apagan, ha sido imposible encontrar faroles, no hay vidrios ni quien los arregle. Miles de negros y mulatillos han luchado por guarnecer de candilejas las rejas de las ventanas y las cornisas de las puertas, ¡imposible!, se apagan. Pero se ha recurrido a otro expediente: se ha hecho abrir todas las puertas e iluminar los zaguanes. La mayor parte de las ventanas están abiertas e iluminadas por detrás de los vidrios con candelabros, y en las piezas hay niñas y señoras recibiendo a sus amigos, tocando el clave y bailando. Yo no he visto jamás una alegría más expansiva ni más cordial.
No tengo fuerzas para escribirte más. Te doy cien mil abrazos. Tenemos Patria. Somos dueños de la tierra donde hemos nacido. Cien abrazos de tu amigo y condiscípulo, Cosme Argerich.

 

20 DE JUNIO:
Reportaje a Manuel Belgrano
Vamos a celebrar con el general Manuel Belgrano los 233 años de su nacimiento, el 3 de junio de 1770. Y la verdad general, es que los argentinos sabemos muy poco de su pensamiento. Sabemos que era usted abogado, que por puro patriotismo tomó las armas y terminó siendo general del Ejército, y que creó la Bandera. Por eso le agradezco que haya aceptado este reportaje y que nos permita conocer algunas de sus ideas, sobre todo las que puedan aportarnos a nuestro presente.
Belgrano: Hablaré ahora, y diré cuanto pienso sobre las ideas que usted me apunta.
Araceli: Usted sabe general, hace apenas una semana que tenemos un nuevo presidente que asumió el país en la crisis económica más grave de su historia.
Belgrano: No me hace tanto padecer el estado físico de estas Provincias, como su estado moral.
Araceli: Si, general, pero lo más urgente es el hambre, la desocupación
Belgrano: El mejor modo de socorrer la mendicidad y la miseria es prevenirla y atenderla en su origen; y nunca se puede prevenir si no se proporcionan los medios de que el Mendigo busque su subsistencia.
Araceli: Bueno, el nuevo gobierno habla de crear fuentes de trabajo por medio de las obras públicas.
Belgrano: ¿Qué modo más adecuado para prevenir la miseria y enriquecer a los habitantes de un país, que enseñarle los caminos por donde deben dirigirse a la opulencia?
Araceli: Si está bien, pero cuáles son esos caminos
Belgrano: La instrucción que cada uno adquiera en su respectivo oficio. El cultivo, las Artes, el comercio, ejercitados por principios, llegarán sin duda al grado de mayor prosperidad.
Araceli: Eso suena muy lindo, pero mientras se instruyen, el gobierno tiene que salir a apagar incendios en las provincias, con los maestros, los piqueteros, los ahorristas…
Belgrano: Todo lo hace un gobierno cuando no quiere disponer y manejar todo por sí mismo.
Araceli: ¿Cómo es eso?
Belgrano: El Cultivo, las artes, el comercio, estas son las ricas minas, y cuyos preciosos tesoros jamás se agotan. Ellas aseguran las fuerza y el poder de un Estado, que como dice un sabio economista, no dependen de la vana política que desde el Gabinete forma alianzas inútiles y poco seguras, que se rompen luego que se forman por negociaciones frívolas, sino de un pueblo rico, numeroso y bien mantenido.
Araceli: Bien, llegamos a la política, que es uno de nuestros conflictos. Tenemos dirigentes pero el pueblo no se siente representados por ellos, y les pide que cambien su manera de hacer política, que no hagan alianzas inútiles como dice usted, sino que piensen las maneras de sacar el país adelante.
Belgrano: Recórrase toda la Europa culta, y encontraremos a los políticos empleados en el estudio más útil a sus Estados, formando proyectos adecuados a las experiencias que continuamente se están haciendo, escribiendo memorias útiles sobre los asuntos que anualmente proponen las sociedades económicas.
Araceli: Bueno es que hay muchos que piensan que ya miramos mucho hacia afuera, y que ahora llegó el momento de mirar más hacia adentro, como en tiempos pasados.
Belgrano: Se deben extender los conocimientos, la ilustración general, que las luces se difundan por todos, que todos se instruyan, adquieran ideas. Que ni el labrador ni el comerciante, ni el artista ignore lo que les corresponde. Que unos y otros procuren no apegarse tan íntimamente a los pensamientos de sus antepasados, los cuales solo deben adoptarse cuando convienen, y cuando no desecharlos y abandonarlos: lo que fue útil en otro tiempo, ahora es perjudicial. Las costumbres varían, los usos igualmente, y todo, de tiempo en tiempo cambia, sin que en esto haya más misterio que el de la vicisitud de las cosas humanas.
Araceli: Pero hay quienes insisten en no olvidar cosas del pasado
Belgrano: Hay quienes están revestidos de pasiones, en particular, la de la venganza. Es preciso contenerla, y pedir a Dios que la destierre, porque si no, esto es cosa de nunca acabar y jamás veremos la tranquilidad.
Araceli: Exactamente es así, cosa de nunca acabar. ¿Cuál es para usted el camino para lograr esa tranquilidad?
Belgrano: Mientras los Jefes de Provincia no sean muy escrupulosos en respetar la seguridad individual y ciegos en aplicar la justicia, caiga en quien cayere, no se tranquilizarán los pueblos, no tendrá crédito nuestro gobierno. Las discordias interiores de los pueblos no nacen solamente de los enemigos de la causa, sino de la impericia de los jefes, que tomando la máscara de patriotas no aspiran sino a su negocio particular, y a desplegar sus pasiones contra quienessuponen enemigos del sistema porque desprecian su conducta artificiosa y rastrera.
Araceli: ¿Y cuál es la salida?
Belgrano: El modo de contener los delitos y fomentar las virtudes es castigar al delincuente y proteger al inocente.
Araceli: Ah pero eso es lo que nunca ocurre, sobre todo si se trata de gobernadores, siempre terminan arreglando. Si no, mire lo que ocurrió en Entre Ríos, el Presidente tuvo que ir a sacarle las papas del fuego a un gobernador que no puede pagarle a los maestros porque administra mal su provincia y cuando la Legislatura lo quiso juzgar, su partido político salió a hacer acuerdos para defenderlo.
Belgrano: Nada se hace con declamar sobre la necesidad de la unión de todos los habitantes, si los encargados de la autoridad pública en todos los Pueblos no ponen su conducta y los sentimientos de su corazón en concordancia con sus palabras, y si unos destruyen por una parte, al paso que otros edifican por otra, a costa de los mayores desvelos y sacrificios.
Araceli: Muchas gracias general Belgrano. Tal vez en esta nueva etapa que comenzamos nos demos cuenta de que una manera de refundar la República, como pidió nuestro presidente al asumir, es alinear las palabras con los actos, y alguna vez tener la inteligencia de construir a partir de lo bueno del pasado, aunque eso bueno lo haya hecho una administración que pensaba diferente.

Fuentes: Los textos del reportaje a Belgrano fueron tomados de las Memorias leídas en el Consulado de Buenos Aires en 1796 y 1799, y de cartas escritas a San Martín el 26 de septiembre de 1817; al gobernador de Salta, Feliciano Chiclana, en marzo y abril de 1813; y a Tomás Manuel de Anchorena, el 30 de enero de 1815. Las cartas están recopiladas en "Epistolario Belgraniano", editado por Taurus.

 

9 DE JULIO:
Declaración de la independencia nacional
Cuando en agosto de 1813 llegó al Río de la Plata la noticia de la huída de José Bonaparte de Madrid y poco después que el rey Fernando VII había retomado la corona, los revolucionarios criollos tuvieron que tomar una decisión: declarar definitivamente la independencia o seguir dependiendo de España.
Diferentes ideas
Si bien el 25 de Mayo de 1810 hubo acuerdo en proclamar un gobierno propio, no todos compartían las mismas ideas sobre el futuro de América. Unos decían que el nuevo gobierno se había establecido solamente hasta que el rey retomara el poder. Otros sostenían que había que independizarse definitivamente de España. Entre estos últimos también había diferencias, porque unos querían establecer una República y otros creían que debía continuar la monarquía.
A estos desacuerdos se sumaba el conflicto de Buenos Aires con los pueblos del interior. Para los porteños era natural que la ciudad, capital del Virreynato del Río de la Plata, continuara ejerciendo el poder sobre el resto de los pueblos. Las provincias, en cambio, exigían igualdad en el gobierno y éste fue uno de los primeros problemas que debieron resolver los revolucionarios.
El espíritu americano
Para los revolucionarios no existía la idea de nación, tal como la concebimos hoy. Ellos formaban parte de un gran territorio que abarcaba las actuales República Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia. Perú, Colombia, Venezuela y Ecuador. Cuando hablaban de independencia, se referían a la liberación de toda América del dominio de España. Antes que peruanos, rioplatenses o chilenos se reconocían como americanos.
La guerra
Tres fueron los frentes de guerra que el gobierno de Buenos Aires debió atender: el Alto Perú donde se rearmaron los españoles; el Paraguay que había rechazado las fuerzas al mando de Belgrano y la Banda Oriental, hoy Uruguay, conducida por José Gervasio de Artigas que cuestionaba a las autoridades porteñas por su demora en declarar la absoluta independencia de España y exigía el establecimiento de una República confederada. En marzo de 1812 llegó desde Londres un grupo de jóvenes militares que se habían formado en España. Entre ellos venían el teniente coronel José de San Martín y los alféreces Matías Zapiola y Carlos María de Alvear. Los tres integraban la Logia Lautaro, que era un grupo fundado por americanos para lograr la independencia de la corona y el establecimiento de un sistema de gobierno republicano.
La situación en América
El primer intento revolucionario desde que se conoció el destierro del rey Fernando VII ocurrió en Chuquisaca, hoy Sucre, uno de los pueblos del Alto Perú. En esa ciudad funcionaba una universidad. Los estudiantes se rebelaron contra el intento de la princesa Carlota Joaquina -hermana de Fernando VII y esposa de Juan VI de Portugal- quien vivía en Río de Janeiro, Brasil, y que quería ejercer el poder en las colonias en nombre de su hermano.
Brasil no formaba parte del Virreynato del Río de la Plata, sino que dependía de Portugal. Después de la invasión de Francia a ese país, la familia real había huido a Río de Janeiro. El Imperio del Brasil quería incorporar la Banda Oriental a sus dominios y había realizado avances sobre esa provincia. Unos días después de la declaración de la independencia de las Provincias de Sudamérica, aprovechando la pelea de Artigas con el gobierno de Buenos Aires, el ejército portugués invadió Montevideo iniciando un largo conflicto con Buenos Aires por la posesión de ese territorio.
El 16 de julio de 1809 estalló un levantamiento en La Paz, donde se instaló una Junta presidida por Pedro Domingo Murillo, un mestizo con ideas revolucionarias. También en ese año se produjo una revuelta en Quito. Pero el virrey del Perú, José Fernando de Abascal, envió un ejército que derrotó a todos estos intentos.
En Chile también se había establecido un Congreso pero que no aspiraba a independizarse de España. En 1811, el oficial José Miguel Carrera lo disolvió y se proclamó dictador para dar una organización militar a la revolución.
En 1814, su ejército conducido también por Bernardo de O´Higgins fue derrotado por los españoles en la Batalla de Rancagua.
Conflictos y cambios de gobierno
Mientras tanto, en Buenos Aires, los gobiernos se sucedían. A la Primera Junta siguió la Junta Grande y luego el Primer y Segundo Triunvirato. Este último, integrado por Juan José Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Antonio Alvarez Jonte, con la intención de recomponer la relación con las provincias convocó, en 1813, a una Asamblea para que los diputados del interior pudieran expresarse y en la que, por primera vez, no se invocó el nombre de Fernando VII como autoridad del Virreynato.
Varias de las disposiciones tomadas por esta Asamblea prepararon el camino de la independencia. Los representantes ordenaron la circulación de una moneda propia, crearon un Escudo Nacional y adoptaron el Himno. Sancionaron la libertad de vientres, es decir, que a partir de ese momento los hijos nacidos de esclavos fueron considerados libres; prohibieron la tortura y suprimieron los títulos de nobleza.
Los enfrentamientos entre los miembros del Segundo Triunvirato y la noticia de las derrotas del ejército criollo en Vilcapugio y Ayohuma, precipitaron la decisión de que el Poder Ejecutivo quedara en manos de una sola persona con el título de Director Supremo. Fue designado Gervasio Posadas quien al poco tiempo renunció y fue reemplazado por su sobrino, Carlos María de Alvear.
José de San Martín
Mientras tanto, José de San Martín, quien había fundado y entrenado una moderna fuerza militar llamada "Granaderos a caballo", fue designado al frente del ejército que defendía la frontera norte, y presentó al gobierno un plan para invadir al Perú, donde los españoles eran fuertes, a través de Chile por la vía del Pacífico.
Pese a que San Martín y Alvear había llegado de Europa con los mismos ideales, ahora sus posiciones habían cambiado. San Martín continuaba firme con su objetivo de lograr la independencia, mientras que Alvear como Director Supremo, había enviado una misión a la Corte del Brasil para solicitar la protección de Gran Bretaña afirmando que estas provincias querían depender de ese gobierno. Pero como los ingleses estaban aliados a España no respondieron a este pedido.
Ni bien se hizo cargo del Ejército del Norte, San Martín se dió cuenta que la manera de pelear de los paisanos patriotas confundía a los españoles acostumbrados a enfrentrar a ejércitos convencionales. Por eso le encargó a Martín Guemes que, al frente de sus gauchos, impidiera el paso de los realistas por Salta. En julio de 1814 las fuerzas del rey emprendieron la retirada perseguidos por la caballería criolla.
La unica forma de vencer a los realistas que se habían hecho fuertes en Montevideo era a través de un ataque por el Río de la Plata. Fue así que se creó la escuadra patriota al mando del Almirante Guillermo Brown, la que el 15 de marzo de 1814 tomó la Isla Martín García. Dos meses después, frente a las playas de El Buceo atacó y venció definitivamente a los españoles que se retiraron de la Banda Oriental.
El rey Fernando VII ordenó la partida de una poderosa flota rumbo a América, al mando del general Morillo, con la orden de aplastar a los revolucionarios. A fines de 1815 los españoles desembarcaron en Caracas y comenzaron a poner freno a los rebeldes. A principios de 1816 los criollos solo controlaban a las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Mientras tanto, Alvear, en vez de dedicarse a luchar con el ejército español, decidió enfrentar a las fuerzas de Artigas, el caudillo de la Banda Oriental que se oponía a que Buenos Aires gobernara sin consultar al resto de los pueblos. Los oficiales de Alvear no querían pelear contra quienes consideraban sus hermanos y se sublevaron sosteniendo que el único enemigo era España.
Alvear se vió, entonces, obligado a presentar su renuncia y en su lugar fue designado Como nuevo Director Supremo el general José Rondeau, entonces al frente del ejército del Perú y al coronel Ignacio Alvarez Thomas como Director interino, a cargo efectivo del gobierno quien convocó un Congreso que debía deliberar en Tucumán para intentar poner freno a tanto desorden.
Mientras tanto, en mayo de 1815 Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia llegaron a Europa con la orden del gobierno de Buenos Aires de negociar pacíficamente la separación de las colonias de España. Pero Rivadavia se presentó ante Fernando VII para felicitarlo por su regreso al trono y para ofrecerle la obediencia de los pueblos americanos.
Se reúne el Congreso
El Congreso de las Provincias Unidas inauguró sus sesiones en Tucumán, el 24 de marzo de 1816, con la participación de diputados de todas las provincias, con excepción de Santa fe, Entre Ríos, Corrientes y la Banda Oriental que estaban bajo la influencia de Artigas. También estuvieron representadas las provincias del Alto Perú como Charcas, Cochabamba, Tupiza y Mizque.
La mayoría de los representantes de las provincias que acudieron al Congreso de Tucumán eran abogados o sacerdotes. Habían estudiado en las universidades de Córdoba, Charcas, Lima o Santiago de Chile. Entre ellos se destacaron el doctor Serrano por Charcas, el riojano Castro Barros, los porteños Juan José Paso, Sáenz y Tomás Manuel de Anchorena y el diputado por Chuquisaca, que luego sería ministro de la Corte Suprema de Justicia de Bolivia.
En ese momento, la revolución enfrentaba una situación difícil. Los españoles dominaban el Alto Perú y Chile. Artigas manejaba una cuarta parte del Río de la Plata. España amenazaba con una expedición militar poderosa. El ejército patriota estaba dividido por los enfrentamientos entre sus jefes. Después de la victoria en Puesto de Márquez, Rondeau separó del mando a Guemes quien se retiró a Salta junto con sus hombres. Todo parecía jugar en contra de los deseos de independencia.
Hacía un año que el coronel San Martín preparaba un fuerte ejército en Cuyo. Sabía del peligro que significaba que los españoles estuvieran fuertes del otro lado de la Cordillera. Cuando se reunió el Congreso contaba con dos mil ochocientos hombres y le faltaban mil seiscientos más para iniciar el ataque.
Pero insistía en que se declarara de una vez la independencia y que terminaran las discusiones
entre los distintos grupos para que todos pudieran dedicarse a expulsar a definitivamente a España de América.
Juan Martín de Pueyrredón
Teniendo en cuenta la gravedad de la situación, los diputados lograron superar sus desacuerdos y decidieron, en primer lugar, designar un Director Supremo que representara a todos. Fue elegido Juan Martín de Pueyrredón, héroe de la defensa de Buenos Aires durante las invasiones nesas y que no era partidario de ninguno de los sectores enfrentados.
La primera medida que tomó Pueyrredón fue para terminar con los conflictos dentro del ejército. Para ello decidió apartar a Rondeau del Ejército del Perú y designó en su lugar a Belgrano que acababa de llegar de Europa. Le encargó a Guemes, otra vez, la defensa de la frontera norte y, después de estudiar el plan de San Martín para invadir a Chile, se decidió a apoyarlo.
Por fin la Independencia
Habían pasado tres meses y los diputados seguían reunidos en Tucumán tratando de encontrar la mejor forma para organizar a la nación. Hasta que, el 9 de Julio de 1816 y bajo la presidencia de Francisco Laprida, representante por San Juan, el Congreso declaró por fin la independencia absoluta de España y lo hizo no solamente en representación de los pueblos del Río de la Plata sino en nombre de todas las provincias de América del Sur.
Desde ese día, los antiguas colonias del Virreynato declararon al mundo que eran independientes del rey Fernando VII y sus sucesores y que eran libres de decidir su forma de gobierno. Ahora empezaban un largo camino de casi cuarenta años hasta encontrar la mejor forma de organizar a la nación.
El presidente de la sesión histórica del Congreso de Tucumán: Francisco Narciso de Laprida
Nació el 28 de octubre de 1786, en la provincia de San Juan. Era abogado, graduado en la Universidad de San Felipe, de Chile. Regresó a San Juan poco después de la Revolución de Mayo de 1810, donde fue nombrado Asesor del Cabildo y en 1812 como Alcalde de Primer Voto.
Ese mismo año, el Triunvirato envió una circular a los Cabildos provinciales para que eligieran un representante para el Congreso que se reuniría en Tucumán. En San Juan resultó electo Laprida, y en la presidencia rotativa del Congreso de Tucumán, le tocó a él presidir la sesión que declaró la Independencia el 9 de julio de 1816. Regresó luego a su provincia, y una vez que estalló la guerra civil entre federales y unitarios, Laprida se incorporó al bando unitario en el Batallón El Orden, en el que también combatía el entonces joven Domingo Faustino Sarmiento. En esa lucha, murió Laprida, en 1829, degollado por las fuerzas del Comandante Ventura Quiroga. Tenía 43 años, su cuerpo nunca fue encontrado y pudo ser reconocido por el monograma de su camisa.
Manuel Belgrano: La Independencia y la negociación con el exterior
Como de casi todos los hechos de la historia, podemos sacar de la Declaración de la Independencia algunas ideas que sirven para el presente. Una de ellas es que Independencia no es sinónimo de no negociación con el mundo
Además de los ejércitos comandados por San Martín, por Manuel Belgrano y por Martín de Güemes, en 1816 hubo también una negociación internacional a cargo de Bernardino Rivadavia y el mismo Belgrano, quienes fueron enviados a Europa para buscar apoyo.
En 1815 el gobierno les ordenó regresar, pero Belgrano entendió que era mejor continuar con esas negociaciones. Por eso decidió volver, y que Rivadavia se quedara. Antes de partir, en octubre de 1815, Belgrano le escribe a Rivadavia: "No puedo dejar de hacer presente a usted que no debe cumplirse de su parte, la orden del Gobierno para que regrese a Buenos Aires. Yo soy testigo de lo que usted ha trabajado, y sé sus actuales relaciones que el Gobierno no podía saber, así como no sabía del estado político de la Europa, según se infiere por la fecha de la orden. (…) Por estas razones y por otras que hemos tenido presentes, usted se ha prestado a quedarse, pasando a Francia, centro hoy de las relaciones políticas del mundo, y continuar los acertados pasos que hasta aquí lleva dados. Permítame usted que le diga por escrito, que siga con empeño y anhelo, por el bien de nuestra Patria, mientras llego a Buenos Aires, donde espero hacer presente al Gobierno cuanto ha ocurrido".
Una vez declarada la Independencia, el primer tratado que la Argentina firmó con el exterior fue con Gran Bretaña, de donde recibió apoyo para finalizar la guerra con España.

Fuentes: - Carta de Manuel Belgrano a B. Rivadavia, Londres 30 de octubre de 1815. Epistolario Belgraniano, Ed. Taurus, Bs. As. 2001.

Bartolomé Mitre: La independencia y la ley
El Congreso de Tucumán declaró la Independencia para ajustarse a la ley y para salir del estado revolucionario en el que se encontraba el país desde 1810. En un escrito de 1871, Bartolomé Mitre afirma lo siguiente: "El Congreso de 1816, cualquiera que haya sido su composición, cualquiera que haya sido el modo cómo ejercitó sus poderes, representó una idea práctica del derecho revolucionario, que tendía a convertirse en poder normal. Ese Congreso que ni elegido popularmente fue, sabio o no, omnipotente o ilimitado sus poderes, llevó a un centro la voluntad de un pueblo y su sentido práctico, y en un momento dado representó la fuerza moral que dio su nervio a la revolución, y produjo el Acta de la Independencia".
Y concluye Mitre: (La Independencia fue declarada) "por boca del Congreso de las Provincias Unidas, elegido con arreglo a formas vetustas, pero que eran la forma de transición entre dos
épocas, y gracias sobre todo, al instinto popular que colocado en tan sólido terreno, apelaba a la consagración legal de sus derechos para lanzarse resueltamente en pos de nuevas conquistas democráticas".

Fuentes: - Mitre, Bartolomé. La historia y el derecho positivo, 4 de julio de 1871. Obras Completas. Tomo XVII, Pág. 19, Bs. As. 1960.

 
 
17 DE AGOSTO:
Reportaje a José de San Martín
Estamos con el general José de San Martín quien no necesita presentación porque desde muy chicos sabemos que el es el Padre de la Patria. San Martín tuvo una muy breve actuación pública, apenas 12 años, pero suficientes para haber liberado a la Argentina, a Chile y al Perú, y también para dejar grabado a fuego entre nosotros la idea de la hermandad latinoamericana, la Patria Grande como él llamaba.
General San Martín, gracias por aceptar este reportaje. Y quiero aprovechar para abordar esos temas que los argentinos solemos preguntarnos sobre usted y que los libros escolares no nos explicaron muy bien. ¿Por qué siendo usted el más prócer de nuestros próceres se fue de la Argentina?
San Martín: De regreso de Lima fui a habitar una chacra que poseo en las inmediaciones de Mendoza, con el deseo de gozar una vida tranquila que diez años de revolución y guerra me hacían desear con anhelo. Me proponía en mi atrincheramiento dedicarme a los encantos de una vida agricultora y a la educación de mi hija.
Araceli: ¿Y por qué no pudo hacerlo?
San Martin: Fueron vanas esperanzas. En medio de estos planes he aquí que el espantoso Centinela principia a hostilizarme.
Araceli: Usted se refiere al periódico El Centinela.
San Martín: Sus carnívoras falanges se destacan y bloquean mi pacífico retiro.
Araceli: Bueno general, pero al fin de cuentas no era nada más que un diario. ¿Qué le podía importar a usted que era el Libertador de América?
San Martín: ¿Y la desconfianza del gobierno de Buenos Aires que en esa época existía en Buenos Aires? Sus papeles ministeriales me hicieron una guerra sostenida.
Araceli: ¿Pero con qué argumentos?
San Martín: Sostenían que un soldado afortunado se proponía someter a la República al régimen militar, y sustituir este sistema al orden legal y libre.
Araceli: ¿Y era verdad? ¿Usted alguna vez se propuso gobernar el país?
San Martín: En el período de diez años de mi carrera pública, en distintos mandos y estados, la política que me propuse seguir fue invariable, la de no mezclarme en los partidos que alternativamente dominaron en aquella época en Buenos Aires.
Araceli: Y entonces ¿por qué las autoridades sospechaban de usted?
San Martín: La oposición al gobierno se servía de mi nombre y sin mi consentimiento ni aprobación manifestaba en sus periódicos que yo era el solo hombre capaz de organizar el Estado y de reunir las provincias que se hallaban en disidencia con la capital.
Araceli: Al final lo perjudicaban desde los dos lados, desde el gobierno y también desde la oposición.
San Martín: En esas circunstancias me convencí que para desgracia mía, había figurado en la revolución más de lo que yo había deseado, lo que me impediría poder seguir entre los partidos una línea de conducta imparcial.
Araceli: Bueno, pero usted podía haber refutado también por la prensa.
San Martín: A la guerra de la pluma que se me hacía yo no podía oponer otra que esta misma arma para mí desconocida. En lucha tan desigual me decidí a abandonar mi fortificación. Para disipar toda ida de ambición de ningún género de mando, me embarqué para Europa.
Araceli: ¿Y al final lo dejaron tranquilo?
San Martín: Vengo a Europa, y al mes de mi llegada un agente del gobierno de Buenos Aires en París escribe que uno u otro americano en Londres trata de llevar a un reyecito para formar con él un gobierno militar en América. Indicaba al general San Martín que como fue educado en los cuarteles, no tuvo la oportunidad de estudiar otro sistema más adecuado a la verdadera voluntad y a las necesidades positivas de los pueblos. Ni apartarme de las grandes capitales y vivir oscurecido en esta, no ponen a cubierto de los repetidos ataques a un general que, por lo menos,
no ha hecho derramar lágrimas a la Patria.Araceli: Parece que no es de ahora esto de hablar en nombre de la voluntad del pueblo para imponer las ideas propias, que después resulta que eran las que quería el pueblo.
San Martín: La historia y más que todo la experiencia de nuestra revolución, me han demostrado que jamás se puede mandar con más seguridad a los pueblos que en los dos primeros años después de una gran crisis, porque no exigirán más que tranquilidad. Si sentimientos menos nobles que los que poseo a favor de nuestro suelo fuesen el norte que me dirigiesen, hubiese aprovechado esa coyuntura para engañar a este heroico pero desgraciado pueblo, como lo han hecho unos cuantos demagogos que con sus locas teorías, lo han precipitado en los males que le afligen y dándole el pernicioso ejemplo de calumniar y perseguir a los hombres de bien, con el innoble objeto de inutilizarlos para su país.
Araceli: Si, de eso hoy también sabemos bastante. Pero no se preocupe, porque hoy todos los veneran.
San Martín: ¿Cree usted que tan fácilmente se haya borrado de mi memoria los horrorosos títulos de ladrón y ambicioso con que tan gratuitamente me han favorecido los pueblos que en unión de mis compañeros hemos libertado?
Araceli: ¿Qué, todavía sigue enojado?
San Martín: Yo he estado, estoy y estaré en la firme convicción de que toda la gratitud que se debe esperar de los pueblos en revolución es solamente el que no sean ingratos, pero confesemos que es necesario tener toda la filosofía de un Séneca, o la imprudencia de un malvado para ser indiferente a la calumnia. Esto último es de la menor importancia para mí, pus no soy árbitro de olvidar las injurias porque pende de mi memoria, pero al menos he aprendido a perdonarlas, porque este acto depende de mi corazón.
Araceli: Bueno, justo vino a poner el dedo en la llaga. Hoy hablar de perdón y de olvido no está de moda en la Argentina.
San Martín: En las circunstancias en que se halla nuestro país necesita de hombres, no sólo conciliables sino que obren sin pasiones ni espíritu de partido. Usted me dirá que es bien difícil poder formar una administración que toda ella parta de este principio. Pero es suficiente con que una parte contenga los arrebatos de la otra: he leído no sé en dónde que los mejores matrimonios son los que se componen de caracteres encontrados, es decir, que si el del marido es violento y el de la mujer dulce y prudente, éste suaviza al de aquél y tempera sus violencias. Por el contrario, si ambos fuesen arrebatados todo se lo llevaría el demonio en un momento.
Araceli: Pero hoy en la Argentina no aparecen los que hagan contrapunto a los arrebatos. Y mientras discutimos las muertes de hace 30 años, no nos ocupamos de impedir que la inseguridad, el delito, el hambre y la desocupación se cobren las vidas de hoy.
San Martín: El gobierno en las circunstancias difíciles en que se ha encontrado y que en mi concepto no han desaparecido, debe si la ocasión se presenta ser inexorable con el individuo que trate de alterar el orden, pues si no se hace respetar por una justicia firme e imparcial, se lo merendarán como si fuese una empanada, y lo peor del caso es que el país volverá a envolverse en nuevos males.
Araceli: Otra vez general, vuelve a poner el dedo en la llaga con eso de la justicia imparcial.
San Martín: Lo que deseo es que el gobierno siguiendo una línea de justicia severa, haga respetar las leyes de un modo inexorable. Sin más que esto, yo estoy seguro que el orden se mantendrá.
Araceli: Si, pero no solo no se respetan las leyes sino que encima ahora se las anula. ¿Por dónde cree usted que deberíamos buscar la salida?
San Martín: Estos males hubiéranse remediado en mucha parte si los hombres que han podido influir tuvieran, primero, un poco menos de ambición y más moderación, y segundo si conocieran que para defender la libertad se necesitan ciudadanos, no de café, sino de instrucción y elevación de alma, capaces de sentir el intrínseco y no arbitrario valor de los bienes que proporciona un gobierno representativo.
Araceli: ¿Y cuál es a su criterio el mejor camino para lograr que sea este tipo de dirigentes el que conduzcan el país?
San Martín: Yo preveo que los resultados que ustedes se proponen no tendrán efecto sin que se reforme el sistema de elecciones sin lo cual el país no marchará.
Araceli: ¿Y qué sintió usted cuando lo recibieron de esa manera?
San Martin: Con muy pocas relaciones de familia en mi propio país, y sin otro apoyo que mis buenos deseos de serle útil, sufrí este contraste con constancia, hasta que las circunstancias me pusieron en situación de disipar toda prevención, y poder seguir sin trabas las vicisitudes de la guerra de laIndependencia.
Araceli: El casamiento con Remedios de Escalada lo ayudó bastante. Ella tenía 15 años y usted 34 cuando se casaron, y murió once años después a los 26 años. Los libros dicen que como estaba enferma de tuberculosis usted la envió de Mendoza a Buenos Aires. ¿Por qué tomó esa decisión?
San Martín: Porque el clima de la provincia no le sentaba.
Araceli: Los libros dicen también que ella lo mandó a llamar porque estaba muriendo y que usted estaba en Mendoza y no viajó a Buenos Aires. Y que hasta el último momento ella tuvo la esperanza de que usted llegara.
San Martín: ¿Ignora usted por ventura que en el año 23, cuando por ceder a las instancias de mi mujer de venir a darle el último adiós, resolví en mayo venir a Buenos Aires, se apostaron partidas en el amino para prenderme como a un facineroso, lo que no realizaron por el piadoso aviso que se me dio por un individuo de la misma administración?
Araceli: Después de la muerte de Remedios, su hija Mercedes quedó viviendo con su suegra. ¿Cómo es que decidió llevársela con usted en su exilio?
San Martín: Cada día me felicito más y más de mi determinación de conducirla a Europa y haberla arrancado de al lado de doña Tomasa. Esta señora con su excesivo cariño me la había resabiado, como dicen los paisanos, en términos que era un diablotín.
Araceli: Con usted Mercedes estuvo mejor que con su abuela
San Martín: La mutación que se ha operado en su carácter es tan sorprendente como sus progresos en el dibujo. El inglés y el francés le son tan familiares como el castellano.
Araceli: Y usted, ¿cómo se sintió en Europa?
San Martín: Solo le diré que paso en la opinión de estas buenas gentes por un hombre raro y oscuro y en parte con razón pues no trato con persona viviente porque, hablándole la verdad, de resultas de la revolución he tomado un tedio al trato de los hombres que yo conozco toca el ridículo.
Araceli: ¿No hablaba con nadie? ¿No le pesaba la soledad?
San Martín: Vivo en una casita de campo, a tres cuadras de la ciudad en compañía de un hermano mío pues la niña está en un colegio.
Araceli: Pero ¿qué hacía durante todo el día?
San Martín: Las mañanas son ocupadas en la cultura de un pequeño jardín y en mi taller de carpintería. A la tarde en paseo y las noche en hacer apuntes y leer libros alegres y papeles públicos. He aquí mi vida. Usted dirá que es feliz, así debía ser, pero mi alma siente un vacío ausente de mi patria.
Araceli: Pero en Europa vivía más tranquilo que aquí.
San Martín: Le aseguro que prefiero mi chacra de Mendoza a todas las comodidades y ventajas que proporciona la culta Europa y sobre todo este país por la liberalidad de su gobierno y
seguridad que en él se goza, lo hace el punto de reunión de un inmenso número de extranjeros como igualmente por lo barato de él.
Araceli: ¿ Y cómo era su casa?
San Martín: Mi casa está compuesta por nueve piezas perfectamente tapizadas todas ellas y un jardín liadísimo de más de una cuadra.
Araceli: ¿Y de qué vivía?
San Martín: Con los cinco mil pesos que me reditúa mi casa de Buenos Aires.
Araceli: ¿Y con eso le alcanzaba?
San Martín: Basta para un hombre como yo que no tiene ni caprichos ni lujo, y que como muy frugalmente.
Araceli: Si, pero llegó un momento que ya no le alcanzó por eso decidió regresar.
San Martín: El estado de mis intereses, es decir, la depresión del papel moneda en Buenos Aires no me permitían por más tiempo vivir en Europa, con los réditos de mi finca, los que aunque alcanzaron a cerca de 6.000 pesos, puestos en el continente, quedaban reducidos a menos de 1.500, así es que me resolví regresar al país con el objeto de pasar en Mendoza los dos años que juzgo necesario para la conclusión de la educación de mi hija y agitar por la mayor inmediación el cobro de alguna parte de mi pensión del Perú. Y al mismo tiempo hacer el ensayo de si
con los cinco años de ausencia y una vida retirada, podía desimpresionar a lo general de mis
conciudadanos que toda mi ambición estaba reducida a vivir y morir tranquilamente en el seno de mi patria. Pero todos estos planes se los llevó el diablo por las ocurrencias del día.
Araceli: Por el golpe de Estado de Lavalle que derrocó al gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego y lo fusiló. General, ¿siguió manteniendo amistades o relaciones familiares en la Argentina?
San Martín: Treinta años han transcurrido desde que formé mis primeras amistades y relaciones en Buenos Aires y a la fecha no me queda un solo amigo e éstos, la mayor parte no existen y los restantes se hallan ausentes o emigrados. De la familia Escalada toda ella ha desaparecido, excepto Manuel, con quien hace muchos años corté toda comunicación por su mal proceder.
Araceli: ¿Durante los años que pasó en Europa, no se sintió atraído por ninguna mujer?
San Martín: Traté con satisfacción al señor Lisboa, sujeto muy apreciable. Su señora me inspiraba sentimientos más benévolos no sólo por su carácter y maneras dulces como caramelos, sino por sus bellísimos y destructores ojos. Usted dirá que es una abominación que a las 64 Navidades tenga yo un tal lenguaje. Pero por qué privarme del solo placer que me resta, es decir, el de recrear la vista pues en cuanto a lo demás…
Araceli: Una última pregunta, general, ¿fue usted feliz?
San Martín: Aunque es verdad que todos mis anhelos no han tenido otro objeto que el bien de mi hija amada, debo confesar que la honrada conducta de ésta y el constante cariño y esmero que siempre me ha manifestado, han recompensado con usura todos mis esmeros haciendo mi vejez feliz.
 
General José de San Martín a 156 años de su fallecimiento
El general José de San Martín tenía 72 años cuando falleció el 17 de agosto de 1850, en Boulogne Sur Mer, Francia. Hacía casi tres décadas que había abandonado a la Argentina, con el sueño de regresar para finalizar sus días en su chacra de Mendoza. Pero la persecución de Bernardino Rivadavia, temeroso de que el Libertador le disputara el poder, y luego la guerra civil desatada entre federales y unitarios a partir del fusilamiento del gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego, le impidieron cumplir su deseo.
Sus restos pudieron volver recién en 1880, en los finales de la misma lucha, cuando porteños y provincianos guerreaban por la Capital Federal, unos para evitar que la separaran de la provincia, los otros para declararla sede de las autoridades nacionales.
Dos años antes, el presidente Nicolás Avellaneda había impulsado la conmemoración del centenario del nacimiento de San Martín, con la esperanza de encontrar un punto de unión entre los argentinos.
Desde el 22 al 25 de febrero de 1878 fue feriado en la Argentina. Durante esos días, la ciudad de Buenos Aires se llenó de banderas. Las luces acompañaron la celebración, que contó con una velada literaria en el teatro Colón y con la colocación de la piedra basal del mausoleo de la Catedral, encargado el escultor francés Albert Ernest Carrier-Belleuse.
El centenario del Libertador contó también con una marcha cívica desde la Plaza de la Victoria -hoy Plaza de Mayo- hasta el Campo de Marte que, desde entonces, se llama "Plaza San Martín" donde se inauguró el monumento que todavía hoy la preside.
Años después, el mismo Avellaneda escribió una crónica de esa jornada: "Un pueblo entero nos había seguido, acompañado y precedido envolviéndonos en una red inmensa. (…) La emoción era suprema. (…) Estábamos ya en la escena final de la gran fiesta. Teníamos por delante la estatua ecuestre del héroe, agigantada por las primeras sombras de la noche, y tendíamos nuestras manos a los viejos veteranos de la Independencia que la rodeaban y que se habían presentado voluntariamente, venciendo edad y dolencias, para hacer su última guardia".
Frente a esos ancianos, combatientes en Chacabuco, Maipú y Lima, el Presidente pronunció un discurso conmovedor. Primero, pidió disculpas por no haber reconocido a San Martín en vida. "La injusticia, el desconocimiento del mérito y su persecución, son flaquezas de la tierra; pero son también la levadura con que se elaboran prontamente las reputaciones que tienen por base la simpatía humana. No ha pasado todavía una generación y comienza el enternecimiento suscitado por la injusticia. La primera reparación se hace en los corazones y ella basta para resguardar por siempre un nombre contra el olvido".
Después, confesó: "He sentido dos veces identificada mi alma con la de mis compatriotas. Cuando vine ahora tres años por el camino recto, trayendo credenciales de verdad en mis manos y fui aclamado Presidente de la República; y la siento, sobre todo, este día, cuando espacio mis miradas y no encuentro ningún disentimiento, cuando levanto la voz para conmemorar las glorias del pasado o saludar nuestros destinos en lo futuro y encuentro que ella da expresión al sentimiento de todos los argentinos".
De esta manera, la figura del general San Martín sirvió para distender los enfrentamientos políticos. No pudo cumplir el sueño de morir en su país pero, desde la inmortalidad, continuó sobrevolando las diferencias entre los argentinos convirtiéndose en un punto de unidad que, hasta hoy, nadie discute.
 
 
11 DE SEPTIEMBRE:
Día del maestro
Cronología de Domingo Faustino Sarmiento
15 de febrero de 1811: Nace en San Juan de la Frontera. Es hijo de paula Albarracín y José Clemente Sarmiento.
1816: Concurre a la Escuela de la Patria, en la que cursa sus primeras letras y su único estudio formal.
1821: Fue rechazado, por falta de recursos, para cursar estudios en el Seminario de Loreto, en Córdoba.
1824: Fue excluido de la beca ofrecida por el gobierno de Buenos Aires para la educación de jóvenes sanjuaninos.
1825: Parte a San Luis, junto al presbítero José de Oro. En San Francisco del Monte, funda una escuela para enseñarle a leer y escribir a los campesinos de la zona.
1827: Regresa a San Juan y se emplea como dependiente en un almacén.
1829: Se incorpora junto a su padre a las fuerzas unitarias, en el Batallón del Orden en Mendoza, a las órdenes del general Alvarado.
1831: Parte a su primer exilio en Chile. Trabaja como dependiente y minero. También regentea la escuela de una aldea chilena. En ese año nace su hija Faustina, de su relación con María Jesús del Canto.
1833: Se traslada a Valparaíso y se emplea como dependiente de comercio.
1835: Enferma de fiebre tifoidea y de depresión. Intenta volver a San Juan.
1836: El gobernador de San Juan, Nazario Benavídez, autoriza su retorno y Sarmiento regresa a su provincia natal.
1838: Constituye, junto con otros jóvenes, la Sociedad Literaria en San Juan, en relación a la Asociación de mayo fundada por Esteban Echeverría en Buenos Aires.
1839: Funda en San Juan el Colegio de Pensionistas "Santa Rosa". El 20 de julio aparece el primer número de El Zonda bajo su dirección.
1840: Participa en una conspiración unitaria y es desterrado nuevamente a Chile.
1841: Aparece su primer artículo en el diario El Mercurio de Valparaíso.
1842: Dirige la Escuela Normal de Preceptores en Chile.
1843: Es designado miembro de la Facultad de Filosofía y Humanidades aprueba casi en su totalidad su Memoria sobre la ortografía. Escribe su Método de Lectura Gradual.
1845: Publica la Vida de Aldao. El 1° de mayo empieza a aparecer en El Progreso, en forma de entregas, Civilización y Barbarie, luego conocido como el Facundo. Parte a Europa, enviado por el gobierno chileno, en una gira para resolver los sistemas educativos aplicados en el mundo.
1846: Llega a París. Viaja a España y a Argelia.
1847: Parte hacia Italia y Berlín. Regresa a París. En julio viaja a Londres y a Liverpool. A fines de agosto arriba a Nueva York y entabla relación con Horace Mann, destacado educador norteamericano.
1848: Regresa a Chile. Se casa con Benita Martínez Pastoriza.
1849: Publica Viajes por Europa, África y América y Educación Popular. Funda el diario La Crónica. Colabora en La Tribuna. En dos oportunidades, Juan Manuel de Rosas reclama su extradición al gobierno chileno.
1850: Publica Argilópolis y Recuerdos de Provincia.
1851: Parte junto a Bartolomé Mitre, para ponerse a las órdenes de Justo José de Urquiza. Es designado boletinero del Ejército Grande.
1852: Participa de la batalla de Caseros que puso fin al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Disgustado con Urquiza, parte a Chile. Publica Campaña en el Ejército Grande.
1853: Entabla una fuerte polémica con Juan Baustista Alberdi. Publica La Ciento y Una y Comentarios a la Constitución de la Confederación Argentina.
1854: Intenta regresar a San Juan, pero es detenido por el gobierno de esa provincia. Regresa a Chile.
1855: Llega a Buenos Aires. Es nombrado director de El Nacional. Publica Educación Común. Integra el Consejo Municipal de Buenos Aires. Inicia su exploración en el Delta del Paraná y su promoción para probar esas tierras.
1856: Es nombrado jefe del Departamento de Escuelas. Comienza su relación con Aurelia Vélez.
1857: Es elegido senador del estado de Buenos Aires.
1860: Es miembro de la Comisión Revisora de la Constitución Nacional y de la Convención Reformadora de Santa Fe. Es designado por el gobernador Mitre ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores.
1861: Muere su madre y su amigo Antonio Aberastain es fusilado en San Juan.
1862: Es elegido gobernador de San Juan. Se separa de su esposa.
1864: Renuncia a la gobernación de San Juan y es designado ministro plenipotenciario de la República Argentina en los Estados Unidos.
1865: Llega a los Estados Unidos y se establece en Nueva York. Publica el periódico Ambas Américas.
1866: Muere su hijo Dominguito en la guerra del Paraguay. Publica Vida de Lincoln, Escuelas, la base de la prosperidad de la República en los Estados Unidos y Vida del Chaco.
1867: A fines de este año lanzan en Buenos Aires su candidatura presidencial.
1868: La Universidad de Michigan le otorga el título de Doctor en Leyes. Regresa al país y durante su viaje de retorno recibe la noticia de que fue electo presidente de la República. El 12
de octubre asume la primera magistratura.
1874: Termina su mandato presidencial.
1875: Se incorpora al Senado de la nación como legislador por san Juan. Recibe el nombramiento de director general de Escuelas de la provincia de Buenos Aires.
1876: Inaugura la primera sección del parque Tres de Febrero.
1877: Es ascendido a general de brigada.
1879: El presidente Nicolás Avellaneda lo designa ministro del Interior, cargo en el que permanece un mes.
1880: La Asociación de Jóvenes de la Unión nacional le ofrece la candidatura presidencial, que él acepta.
1883: Publica Conflicto y Armonía de las Rozas en América.
1885: Funda el diario El Censor. Publica Vida y escritos del coronel don Francisco J. Muñiz y Vida de Dominguito.
1887: Parte a Asunción en busca de un mejor clima para su salud. En octubre regresa a Buenos Aires.
1888: En mayo vuelve a Asunción. El 6 de septiembre sufre una descompensación cardíaca. Muere el 11 de septiembre, a las dos y cuarto de la madrugada.