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REPORTAJE AL GENERAL PAZ
Nos visita hoy el general José María
Paz, con quien vamos a hablar sobre este tema tan difícil
para los argentinos como es el de las Fuerzas Armadas. El general
Paz está considerado como uno de los estrategas más
brillantes que tuvo nuestro ejército, después del
general San Martín. El general Paz fue oficial durante
las guerras de la Independencia al lado del general Manuel Belgrano,
y después, encabezó la lucha en contra de Rosas,
y pudo haberlo desalojado del poder veinte años antes
de lo que ocurrió, si no hubiera sido tomado prisionero.
Hay quienes dicen que, si esto hubiera sucedido, tal vez la Argentina
habría tenido Constitución dos décadas antes.
Araceli: Buenas tardes, general, le agradezco que haya
aceptado este reportaje, y debo confesarle que me produce una
emoción particular porque pasé muchos años
investigando sobre usted, pero más que sobre usted, sobre
su esposa, para mi libro "Margarita Weild y el general Paz".
Paz: A Margarita, que quiso compartir mi cautiverio, debo
la prolongación de mis días. Con ella gozaba de
las dulzuras de la vida privada, al lado de una compañera
fiel, de una amiga sincera, de una mujer querida.
Araceli: Sí lo se, aunque también se que
tuvo una vida bastante dura la pobre Margarita siguiéndolo
por cada uno de los lugares a dónde usted iba a guerrear
en contra de Rosas. Pero, el motivo de este reportaje, general,
es hablar sobre el papel de las Fuerzas Armadas en nuestra sociedad.
Paz: Desgracia es que los militares sean necesarios, pues
el mundo estaría mejor si sólo la razón
hubiese de dirimir las cuestiones humanas. Pero siendo esto imposible,
preciso es conceder algo a los que exponen su existencia y sacrifican
sus comodidades por la Patria.
Araceli: En su época habrá sido así
porque lo que es en la nuestra...
Paz: Bastaría citar al general Rodríguez,
enterrado de limosna en Montevideo; al general Las Heras, sosteniéndose
con el sueldo que le da el gobierno de Chile; y yo, si me es
permitido nombrarme entre ellos, en el Río Grande.
Araceli: Está bien, es verdad, pero yo les voy
a nombrar otros que de sacrificados no tuvieron mucho y, durante
el siglo XX, se la pasaron interrumpiendo el sistema constitucional,
volteando gobiernos civiles elegidos por el pueblo: Uriburu,
Justo, Onganía, Lanusse, Videla, entre otros. Eso si,
siempre en nombre del orden y de la libertad.
Paz: La palabra libertad, sin ir apoyada en esperanzas
positivas de un orden constitucional, es una palabra vana, que
nada significa. Los pueblos no son tan necios para esperar que
pueda haber libertad y orden sin instituciones.
Araceli: Pero el nuestro lo fue. Muchas veces ante gobiernos
que no funcionaron o que funcionaron mal, el pueblo tuvo la esperanza
de que los militares vinieran a poner orden.
Paz: La ingerencia de los militares en cuestiones políticas,
tiene una respuesta y es este hermoso consejo: La disciplina
militar debe ser más exacta, y en la misma proporción
que las instituciones políticas del país son más
liberales. Bellas palabras, que deberían tenerse siempre
presentes, y cuyo olvido ha producido males incalculables.
Araceli: A ver general, si lo entendí. ¿Usted
quiere decir que la intervención que tuvieron los militares
tiene que ver con un debilitamiento de la disciplina?
Paz: En efecto. ¿Dónde es más rigurosa
la disciplina militar que en los pueblos donde las instituciones
liberales están bien basadas y han dejado de ser una mentira?
¿Qué cosa más regular y más exacta
que la disciplina militar inglesa? ¿Cuál es el
orden que se observa a bordo de un buque de guerra de los Estados
Unidos de la América del Norte? Por el contrario, ¿qué
ejemplo nos han presentado hasta estos últimos tiempos
los genízaros de Constantinopla? Era la tropa más
indisciplinada y, por consiguiente, la más opresora.
Araceli: Pero justamente ése fue el argumento que
utilizaron muchos militares acusados de crímenes durante
la última dictadura, en 1976. Apelaron a la disciplina,
a la obediencia debida a sus superiores.
Paz: Puede creerse, por algunos espíritus delicados,
que esa disciplina militar llevada a un grado excesivo, consagre
los principios de una obediencia enteramente pasiva, y reduzca
los hombres a meras máquinas y, por consiguiente, a instrumentos
ciegos de un jefe ambicioso. Si hay este peligro, ¿quién
tiene la culpa?
Araceli: No se, ¿quién tiene la culpa?
Paz: ¿Serán los militares o los legisladores,
que no han demarcado los límites de esa obediencia? ¿Por
qué nuestros Congresos, nuestros cuerpos deliberantes,
no se han ocupado de eso? Siempre lo he deseado, y he empleado,
siempre que he podido, mis débiles persuasiones para llamar
la atención a tan importante materia.
Araceli: ¿Y cuál fue el resultado?
Paz: Jamás encontraron eco mis solicitudes, porque
sea que se creía peligroso entrar en el asunto en circunstancias
críticas como las que generalmente han rodeado a nuestros
gobiernos desde la Revolución, sea que se temía
que la clase militar subalterna abusase de las exigencias que
se hiciesen a su obediencia, las cosas quedaron siempre como
estaban, y la responsabilidad de muchos militares entregada a
esa vaguedad indefinida que los constituye en penosa alternativa
de deliberar por sí en las emergencias políticas,
en cuyo caso se les clasifica de "soldadesca insolente".
Pero si se someten ciegamente a las voluntades del gobierno,
se les llama "instrumentos de la tiranía".
Araceli: ¿Usted quiere decir que la culpa no la
tuvieron los militares sino los políticos? Al final se
parece a los militares del siglo XX que se la pasaban hablando
pestes de los políticos y sus partidos.
Paz: Presérveme Dios de pensar mal de todos nuestros
legisladores, pero sí creo que entra en los cálculos
de algunos demagogos el conservar indefinida e indeterminada
la subordinación y la responsabilidad militar, para sacar
partido en sus anárquicas empresas. No es extraño
ver a los que declaman contra el empleo de la "fuerza bruta"
procurar dirigirla según sus intereses, en cuyo caso deja
de ser bruta y pasa a ser fuerza inteligente, de tal modo que
a estos modernos Catones, que desdeñan a los hombres de
espada, no les pesa disponer de un par de batallones o escuadrones,
mediante la influencia privada que se procuran de un jefe.
Araceli: Si, es verdad que algunos de los que hoy se proclaman
como "campeones de la democracia" en el último
golpe insistieron para que los militares intervinieran. Y no
hay que ir tan lejos, hace poco más de un año,
en diciembre de 2001, ya no apelaron a los militares para voltear
a un gobierno, aunque si a otro tipo de fuerza bruta. Es que
parece que, después de 20 años de democracia, parece
haberse superado ese antagonismo de civiles y militares.
Paz: He deseado y he procurado que la clase militar ocupe
en la escala social el lugar que debe tener, sin perjuicio de
la libertad y en beneficio de esa libertad misma. Que el ejército
sea honrado como lo es en países bien gobernados, pero
sin que sea opresor, ni se sobreponga a otras clases. Que sus
individuos se consideren ciudadanos, pero no menos que ciudadanos.
En fin, he querido que los militares fuesen lo que deben ser.
Araceli: Eso fue lo que deseamos todos en estas dos décadas
y, seguramente, por tanto insistir sobre el tema, hoy los militares,
como dice usted, son lo que deben ser. Y el secreto, lo dijo
usted mismo al comienzo, fue nada más que respetar el
orden que dicta la Constitución. Gracias general José
María Paz por habernos dejado estas ideas. |